79.ª Convención General de la Iglesia Episcopal * Sermón del 6 de julio por la Rda. Gay Clark Jennings, presidente de la Cámara de Diputados

Posted Jul 8, 2018

July 7, 2018

En el nombre de Dios. Amén.

En la primera lectura de hoy, el profeta Isaías imagina un mundo en el cual “ni transitarán por [‘el] los necios” En los próximos diez minutos yo puedo darles sobradas pruebas de que este mundo todavía no está con nosotros. Pero espero no hacerlo.

La gente que estudia la Biblia atentamente, y entre las cuales se cuentan probablemente la mayoría de las personas que se hallan en este salón esta noche, corre el riesgo de adquirir un hábito comprensible, pero inútil, que consiste en que podemos esmerarnos mucho en nuestro propio beneficio. Mis hermanos y hermanas predicadores, ¿cuál de nosotros, al  enfrentarnos al Evangelio de esta noche, no se ha preocupado de lo que queremos decir acerca de la unidad cristiana frente a las profundas divisiones entre cristianos en Estados Unidos? Estudiantes de la Biblia: ¿cuál de nosotros no se ha sentido confundido por los múltiples significados de la palabra “mundo” que aparece ocho veces en menos de las 225 palabras del evangelio de hoy y aún más en el extenso discurso del cual proviene?

Esa es una tarea importante, y que Dios oriente nuestros empeños, pero ustedes no pueden dedicar tanto tiempo profundizando en eso sin perder de vista las relucientes joyas que se encuentran en la superficie. De manera que en esta noche yo querría recordarles un hecho indiscutido y subvalorado: según este evangelio, Jesús ruega por nosotros. Jesús ruega por nosotros.

Se encuentra ahí en la primera parte del versículo 20: “No ruego sólo por estos”, refiriéndose a los que están en el aposento alto con él, “Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos”.

Esos son ustedes. Esa soy yo. Esos son todos en nuestras iglesias. Jesús está rogando por nosotros.

Dentro de un minuto me ocuparé del tema de su oración, pero meditemos por un momento en que el Hijo de Dios está rogando por nosotros. Ustedes y yo vivimos en una cultura hambrienta de confirmación y que consume montones de calorías inútiles en un intento de satisfacer esta necesidad. Lunes de motivación Hashtag: Martes de transformación. Los carteles en los muros de las empresas y los textos en los tazones de café nos instan a tener mejores opiniones de nosotros mismos. Podemos ir a la Internet y aprender formas “de desterrar las reflexiones negativas” Y si bien yo no dudo que estos ejercicios puedan ser útiles, el hecho de que nos dicen constantemente que merecemos algo sugiere que no lo creemos del todo.

De manera que la próxima vez que ustedes necesiten “silenciar su crítico interno”, recuerden que Jesús ruega por ustedes. Esa es una respuesta contundente.

Ahora bien, puesto que estamos hablando del evangelio y no de un manual de autoayuda, debo hacer alguna referencia a lo que Jesús quiso decir cuando  rogaba “para que todos sean uno”. La unidad es importante. Abundaré en esto en un minuto.

Pero lo que más me toca de este pasaje no es sólo lo que Jesús dice, sino la franca vulnerabilidad con que lo dice. Estas no son las palabras de alguien que se dirige a la dirección general y le hacer saber al jefe que es hora de activar la próxima fase del plan para la divina salvación. Ese es alguien que implora, que intercede por personas a las que ama y —seamos sinceros respecto a esto— por los cuales él teme. Porque uno no le pide a Dios que proteja a los que no están en peligro.

¿Por qué Jesús teme por sus discípulos y, por extensión, por nosotros? El mundo nos malentenderá y nos perseguirá. Seremos vulnerables al maligno. Y, enfrentemos la realidad, Jesús conocía a estas personas, y nos conoce. Somos un desastre. Para parafrasear a Oscar Wilde, podemos resistir cualquier cosa menos la tentación. Y cuando la tentación nos enfrenta a unos con otros, se aprovecha, nos supera para prevalecer en las cosas grandes y pequeñas, quiebra la unidad por la que Jesús ruega.

Ahora podríamos preguntarnos legítimamente por qué la unidad es tan importante. La Iglesia estuvo dividida en facciones durante décadas antes de que se escribiera el evangelio de Juan, tal como aprendemos en la Biblia misma. En la historia cristiana, dos cismas diferentes han competido por el título de “El Gran Cisma”, y si ustedes dedican tiempo a investigar temas ecuménicos en la Red, se enterarán de que cada lado cuenta con partidarios dispuestos a defender sus posiciones hasta bien entrada la noche. También nuestra amada Iglesia nació de (a) la Reforma inglesa y (b) del colonialismo, ninguno de los cuales se caracterizó por la unidad o la caridad.

Los cristianos tienen importantes desacuerdos internos. Yo no encuentro que eso sea un escándalo. Pero los desacuerdos nos impiden trabajar juntos. Ahí es donde radica el escándalo.

Para entender por qué, no necesitamos más que volver a nuestra primera lectura. Isaías nos muestra una visión de una Sión redimida en la cual el desierto florecerá y los lugares riesgosos se tornarán seguros. Creo que es importante advertir, en lo que respecta al Dios que se revela en el mundo, que no es sólo la humanidad la que es redimida en esta visión, sino la creación misma. Isaías dota a la creación de emociones. El yermo y el sequedal “se alegrarán”. El desierto “se regocijará”.  Y el pueblo de Dios  tendrá un cumplido objetivo.

Así pues, ¿cómo vamos de aquí hasta allá: de nuestra realidad actual a esa visión magnífica? Nuestra lectura nos dice que el Señor corregirá las cosas, viniendo con “retribución divina”.  Esa es una expresión favorable. El capítulo anterior de Isaías tiene cadáveres corruptos y montañas inundadas de sangre y algo tocante a los riñones de los carneros en lo que no entraremos esta noche.

Pero no necesitamos profundizar tanto en lo que ustedes podrían llamar la teoría del cambio de Isaías para entender que transformaciones de esa magnitud no advienen sin conflicto. Sabemos que debemos resistir a las potestades y los principados de nuestro tiempo, que un mundo de falsos valores no desaparecerá a menos que se le opongan personas que, para citar a Jesús, hayan sido “enviadas al mundo” y “santificadas en la verdad”.

Y recuerden. Esas son ustedes. Esa soy yo. Eso es todo el mundo en nuestras iglesias.

Y ¿cómo vamos a llevar a cabo esta obra que Dios nos ha encomendado? El autor de nuestra lectura de Efesios  nos “ruega” que la emprendamos “humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor, [esforzándonos] por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”.

Yo no sé ustedes, pero cuando me ocupo de resistir a los principados y las potestades, el ser humilde y amable no es mi primer impulso. Sin embargo, a esto es a lo que somos llamados. Pero adviertan una cosa: la persona que da este consejo se refiere a sí misma como un preso. Alguien que hizo algo por lo cual lo arrestaron.

No nos instan en este pasaje a ser sumisos, no nos piden o nos aconsejan que evitemos el conflicto, no nos recomiendan que nos abstengamos de expresar verdades peligrosas. Nos aconsejan sobre la manera de comportarnos cuando decimos esas verdades y —acaso lo más importante para los que nos reunimos aquí hoy—  nos advierten como comportarnos unos con otros, de manera que tengamos presente cuáles son nuestras verdades y cuál es la mejor manera de expresarlas.

Nuestras lecturas nos da una visión. Nos dan una comisión. Y nos dan una labor —labor que no podemos hacer sin la ayuda de Dios y que no concluiremos en nuestras vidas. Pero también nos dan quizás el mayor estímulo que posiblemente podamos tener: Jesús está rogando por nosotros.

Amén.


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