Sermón del 11 de julio por el Hermano Aidan Owen, Monasterio Holy Cross, Diócesis Episcopal de Nueva York

79.ª Convención General de la Iglesia Episcopal

Posted Jul 14, 2018
A continuación, el texto del sermón pronunciado por el Hermano Aidan Owen, Monasterio Holy Cross, Diócesis Episcopal de Nueva York, durante la Eucaristía de la Convención General, el día 11 de julio de 2018.

En nombre del único Dios que es amoroso, bienamado y desbordante de amor.  (Amén).

¿Qué es lo que desea usted?

Esta es la primera pregunta que le hacen cuando es aceptado como postulante en una comunidad monástica, y también la misma pregunta que le hacen cuando recibe el hábito de novicio, y nuevamente le preguntan cuando hace el triple voto benedictino de obediencia, estabilidad y el convertirse a una vida según el camino monástico.

La cuestión sobre el deseo impulsa el Camino Benedictino y, ciertamente, el Camino Cristiano. En esta Norma para monjes, san Benito de Nursia ofrece una respuesta que es a la vez muy sencilla y muy desafiante: no prefiera nada que no sea Cristo.

Como verán, san Benito lo sabía, contrario a la imagen del monacato en la cultura popular como una vida adusta y seria, la vida monástica es una verdadera historia de amor. Durante mil quinientos años la norma benedictina ha ofrecido una estructura y un contexto para seguir el anhelo más profundo del corazón hacia la integridad y la unidad en Dios. La tradición mística cristiana le llama a este ejercicio estar en busca de “la pureza de corazón”, aunque mejor lo describiríamos como una “unidad de corazón”, o lo que es lo mismo decir, unir todo nuestro ser –cuerpo, mente, espíritu, corazón– centrado en el amor de aquél que es Amor en sí mismo.

Las comunidades monásticas siempre han sido amplios espacios en un mundo abarrotado. Ese espacio fue precisamente el que me atrajo a la vida benedictina. Toda mi vida ha estado motivada por un anhelo tan profundo y potente que yo no le podía encontrar un nombre. Este anhelo era un secreto ardiente como algo central en mi vida. Cada contexto en el cual me hallaba era simplemente demasiado pequeño para contenerlo o para contenerme.

Cuando vine a Holy Cross, donde soy ahora un monje, mi intuición me dictó que yo había por fin encontrado un lugar con el suficiente espacio para darle cabida a mi anhelo. Fue ciertamente uno de aquellos pocos lugares que había encontrado en los cuales la gente asentía con la cabeza, a sabiendas, cuando les mencionaba este deseo tan profundo que no tiene nombre.  Lo reto a que trate de hablar sobre este anhelar a la hora del café, para que vea la clase de miradas que le van a lanzar.

Recuerdo a Andrew, en particular, aquel viejo monje escocés con un pícaro sentido del humor, quien se sentaba conmigo en mis visitas al monasterio. Me miraba directo a los ojos, observando profundamente mi corazón como solo sabe hacerlo alguien que ha vivido durante décadas la vida de la fe, y, entonces, decía “yo te amo”. Y mientras las lágrimas corrían por mi rostro, él decía, en una voz llena de compresión “sí, duele ser amado”.

Claro que duele ser amado. Pero también duele amar. Lo cual es probablemente una de las razones por las que muchos de nosotros evitamos amar de forma tan completa, profunda y libre como Jesús nos llama a que lo hagamos. En este mundo que con frecuencia es estrecho de miras, amargo y violento –y cada vez, así– endurecemos nuestros corazones para evitar que se rompan. Sin embargo, solamente es ese corazón roto el que tiene suficiente espacio para amar como debiéramos. Además, es sólo al romperse que nuestros corazones pasan de ser de piedra a ser de carne.

La vida monástica participa, justo en este aquí y ahora, en la eternidad. Ése es el secreto de su espaciosidad. En la santificación de la vida cotidiana, la norma benedictina señala hacia la santidad de la vida reencarnada en la cual, san Benito lo indica, los utensilios de la cocina o del jardín son tan valiosos como los recipientes del altar. Con la eternidad como contexto, hay suficiente espacio para que emerja la vida de uno en su plenitud.

Cuán diferente es este proceso del proceso de educación, construcción de la identidad y el éxito en la sociedad contemporánea e incluso en la Iglesia de hoy. En la vida benedictina uno no “se convierte en alguien”. Uno no “corona la meta”. Más bien, durante el curso de la vida, uno se rinde ante el deseo de Dios de recomponer los fragmentos de nuestra vida, de tal manera que lo que parecía mutilado, poco atractivo o vergonzoso se convierte, mediante la acción persistente y amorosa de Dios, en completo, hermoso, y sagrado.

La visión benedictina de la vida cristiana, de hecho, asevera que son precisamente estas partes de nosotros mismos, las que más nos gustaría negar, las puertas de entrada a la santidad. No hemos de desechar aquellos vergonzosos fragmentos internos, ni de desterrarlos o borrarlos, ¡como si pudiéramos! Desde luego que no. Hemos de permitir a Dios, dentro del contexto de nuestra vida comunitaria, que sane y transforme esos fragmentos, para que incluso puedan hacer circular una sangre nutritiva por todo el cuerpo.

Si esta acción hacia la integridad es verdadera a nivel individual, cuanto más lo será para la comunidad. Para los benedictinos, la salvación es nunca una cuestión individual; siempre es comunitaria. Cada miembro de la comunidad monástica es parte esencial de la salud de todo el cuerpo. Cada uno tiene una contribución única que hacer. Cuando un hermano o una hermana necesita un médico, la comunidad le ofrece uno, lo cual puede incluir una acción disciplinaria, siempre con el objetivo no de castigar o avergonzar sino de sanar, transformar y reintegrar ese hermano o esa hermana al cuerpo de la comunidad, donde su florecimiento es nuestro florecimiento.

Ninguno de nosotros puede o podrá ser salvado aisladamente. Es todos nosotros o ninguno de nosotros. Puesto que el amor nunca logra finalmente ser satisfecho. Como cualquier monje o amante puede contarle, mientras más se satisface su deseo, más profundo se hace ese deseo. Es que no tiene límite, porque, en última instancia, nuestro deseo está en la unión total con aquél que nos hizo y que nos sustenta, aquél cuyo nombre es nuestro verdadero nombre y nuestra verdadera naturaleza.

Mientras más vivo la vida monástica y la vida cristiana, más me convenzo de que nada ni nadie está más allá del amor de Dios. Y de que no importan los tiempos oscuros en los que vivimos, pues Dios todavía está trabajando, a través de cada uno de nosotros, para que el corazón del mundo se abra de tal manera que pueda convertirse en un corazón de carne.

Esta es una visión retadora en los tiempos en que vivimos. Las fuerzas del mal pululan a nuestro alrededor y parecen más bien agarrarse con más fuerza a nosotros que soltarse. Y, sin embargo, probablemente y de manera especial, cuando el mal parece estar en su apogeo, con mayor razón somos llamados a permitirle a nuestros corazones a que se abran y que amemos sin reservas.

Entiendo, sí, el impulso de vencer y de hacer desaparecer el mal. Pero tales impulsos violentos son, en realidad, parte del control que el mal ejerce sobre nosotros. Aunque podemos y debemos resistir al mal, nunca podremos destruirlo. Eso no está dentro de nuestro poder. Más bien, estamos llamados para dar testimonio de aquél que puede sanar e integrar el mal, de aquél que puede quebrar el mal, y convertir incluso el corazón más pétreo en carne. Nosotros estamos llamados a señalar el camino, mediante nuestros corazones carnosos, hacia aquél que puede transformar y convertir el mal en bien, de tal manera que, al final, incluso Lucifer portará otra vez la luz de Dios.

James Stephens expresa bellamente esta idea en su poema “La Plenitud del Tiempo”.

Sobre un trono de hierro oxidado

Sobre la estrella más lejana allá afuera

Yo vi a Satanás solitario sentado,

Viejo y demacrado su rostro era

Pues su trabajo ya había cumplido

Y descansaba en la eternidad.

 

Entonces hacia él, desde el sol

Vino su padre y su amigo

Diciendo, ahora que el trabajo está hecho

La enemistad llega a su fin

Guiando entonces a Satanás

A paraísos ya de él conocidos.

 

Gabriel sin fruncir el ceño,

Uriel sin una espada,

Rafael bajó cantando

Acogiendo a su antiguo semejante,

Y lo sentaron al lado

De aquél que había sido crucificado.

No hay nada ni nadie que, en última instancia, no pertenezca a Dios. No hay ninguna parte de nosotros, de manera individual o colectiva, que esté más allá del alcance del amor conciliador y sanador de Dios. Y si seguimos los deseos más profundos de nuestro corazón, si no preferimos nada que no sea Cristo y permitimos que el amor de Cristo rompa y llene nuestros corazones, ¿quién sabe acaso en qué tipo de espaciosos santuarios podemos convertirnos?


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