Sermón del 8 de julio por Andrés González Bonillas – 79.ª Convención General de la Iglesia Episcopal

Posted Jul 10, 2018

A continuación, el texto del Sermón de Andrés González-Bonillas durante la Convención General, el día 8 de julio de 2018

El vídeo del sermón puede encontrarse aquí.

Yo oro por el silencio y las palabras que ellos desean expresar / Que sus palabras hagan estallar los altavoces y nos lleven a nuevas alturas / …/ Yo oro por aquellos de nosotros que tenemos tormentas eléctricas en nuestros corazones y tornados en nuestras mentes y terremotos en nuestras almas / Porque las condiciones climáticas no pueden detenernos y tenemos tantas cosas por hacer.

Siéntense, por favor.

Seguramente podré contar con los dedos de una sola mano las veces que he respondido al teléfono y he hablado con alguien que no sea de mi familia o amigos cercanos. Sin embargo, sí puedo contar las muchas, muchísimas veces que me he perdido llamadas, recibí mensajes de voz y luego ni siquiera me di cuenta de esos mensajes de voz. Y los dejé en mi buzón sin responder por largo rato. De modo que cuando recibí un mensaje de texto de Michael Hunn que decía que me había dejado un mensaje de voz, entonces revisé mi buzón que estaba lleno de mensajes de cumpleaños, llamadas para donar sangre y ahí estaba. Michael Hunn, de la oficina del Obispo Presidente me había llamado y me perdí esa llamada. Francamente, yo sí sabía que ya había conocido a Michael, pero en realidad no sabía quién era él ni que cargo tenía. Entonces les pregunté a mis padres: “¿Saben que Michael Hunn de la oficina del OP me llamó?” y lo demás es historia. Cuando Michael me ofreció esta oportunidad fue un honor para mí y me dejó completamente atónito. En todo caso, quiero aprovechar este momento para dar las gracias al Obispo Presidente Curry, al Reverendo Canónigo Anthony Guillen y al Director de Formación Bronwyn Clark Skov. Estas personas me han puesto hoy en frente de ustedes y no podría sentirme más honrado al tener esta oportunidad.

Al repasar las oraciones y las lecturas para hoy, hay siete palabras que se destacan para mí. Siete. Son siete palabras que pueden justamente haber resumido mi punto de vista de lo que la Iglesia Episcopal debe ser, de lo que yo creo que puede ser. En la colecta de hoy, escuchamos las palabras “unidos entre sí mediante un afecto puro”. Las dos últimas palabras me resultaron especialmente poderosas: “afecto puro”. Estas palabras me traen muchos recuerdos y pensamientos a la mente, los más notables son las historias de mis experiencias en esta Iglesia. En esta mañana compartiré con ustedes tres de esos recuerdos relacionados con estas palabras.

Para aquellos de ustedes que han tenido la oportunidad de visitar el Centro de Conferencias Kanuga, ya saben de la belleza y la espiritualidad de aquel lugar. Pues ese frío de la mañana y la vista del lago, el sonido de los pájaros y el crujir de las hojas al viento. Yo he estado en dos ocasiones en Kanuga. La primera vez, cuando tenía 10 años, fuimos con mi familia a “Nuevo Amanecer” una conferencia del Ministerio Latino presente en toda la Iglesia. Sin embargo, fue mi más reciente visita la que más me ha impresionado en la vida. En febrero de 2017, cuando tenía 16 años, llegué al campo de Kanuga por primera vez luego de una ausencia de casi siete años, en esta ocasión como parte del Equipo de Planeación del Evento Juvenil Episcopal (EYE). El estar en ese lugar me hizo recordar que la paz y el poder de la naturaleza sirven para apaciguar y realzar mis experiencias. Cuando me dirigía hacia ese lugar estaba dando los últimos toques a lo que sería la Plegaria Eucarística de Clausura utilizada en EYE 17 en Oklahoma City. En la capilla de Kanuga, el equipo de Música y Liturgia y yo probamos nuestra Plegaria Eucarística de Clausura con ellos. Para el sermón, los cuatro jóvenes del equipo de Música y Liturgia se turnaron para exponer al grupo lo que significaba para nosotros el Sendero de la Paz. Yo creo que mi respuesta ha cambiado desde entonces, pero el sentimiento sigue siendo el mismo. Para entonces, mi sendero de la paz era un camino que tenía que recorrer para estar satisfecho conmigo mismo y con mis acciones e interacciones en el mundo. Creo que ahora eso ha cambiado. Yo creo que más que mis interacciones con el mundo, yo he cambiado de rumbo para enfocarme y apreciar las relaciones que mantengo con la gente, sus historias, sus maneras de comportarse, la poesía que hay en sus emociones y lo saludable de esa conexión.

Pero no es acerca de mi mensaje de aquella noche de lo que quiero hablarles en esta ocasión. Yo quiero hablarles de cómo ese mensaje fue recibido por mis compañeros en aquella capilla. Yo quiero hablarles del afecto puro que el grupo nos dio luego de compartir con ellos nuestra creación y cuál sería nuestro legado en el Evento Juvenil Episcopal. Recuerdo haber dicho que había sentido paz con cada uno de los jóvenes y los adultos en el equipo y también orgullo, y el amor que recibí debido a lo que tenía que decir. Recuerdo a Valerie Harris señalando el altar y diciéndome que ése era mi lugar, diciéndome que ella veía en mí algo más de lo cual yo no me había dado cuenta todavía. Ahora no estoy de acuerdo, pero en aquel instante sentí que yo era amado en esta Iglesia y en esta comunidad.

Lo que se me olvidó mencionar sobre el tiempo que pasé en Kanuga es que fue la primera vez que interpreté mi poema de la palabra hablada, Alabanza. En realidad, las dos primeras frases que dije al principio de este sermón provenían de ese poema. Ese poema fue el punto culminante de ese año con el Equipo de Planeación del Evento Juvenil Episcopal (EYE), desde el primer viaje al monumento conmemorativo al Atentado de Oklahoma City hasta el instante en que yo estaba sobre el escenario de la Universidad de Oklahoma Central, contándole a todos sobre esa historia. Me hizo sentir humilde y al mismo tiempo muy impactante escuchar a la gente aplaudir y ovacionar mientras hablaba. Pero lo que más recuerdo es lo que sucedió apenas bajé del escenario luego de haber recitado Alabanza una vez más. Recuerdo a mi hermana, quien fue la razón por la cual me inscribí al equipo de planeación. Recuerdo cómo me abrazó mientras lloraba con lágrimas de felicidad, agotamiento y orgullo. Recuerdo cómo mi familia del equipo EYE se me acercó mientras yo me secaba las lágrimas y seguía llorando. Recuerdo a la delegación de Hawaii que se acercó a mí para regalarme un libro de oración escrito en hawaiano y un collar hawaiano, que todavía tengo colgado en la pared en mi casa. Recuerdo cuando escuché que mis palabras inspiraban a otros luego de que todos salimos de Oklahoma puesto que escuché mis palabras otra vez en Minnesota. Era una manifestación directa y muy verdadera de puro afecto, algo que llegó a mí cuando más lo necesitaba.

Cuando escucho la palabra afecto, pienso en los niños y ahora que el perro Zach está también aquí, pues también pienso en los perros. Pienso en los niños y en su capacidad para amarlo todo y a todos aquellos con los que se encuentran. Pienso en el amor entre padres e hijos. En este día, cuando el amor me hace pensar en cómo las familias que tienen mi apariencia están pasando por un sistema legal de controles y cuentas que ha sido diseñado para que sientan temor y opresión. Cómo detienen a los niños de piel trigueña en campos de internamiento debido a su nacionalidad, debido a su latinidad y al color de su piel. La gente ve las acciones de nuestros líderes y se quedan horrorizados y atónitos y para describir esto lo califican de algo impropio de los Estados Unidos. Lamento no estar de acuerdo. Si hemos de rectificar estas acciones, los estadounidenses deben reconciliarse con la realidad de nuestra historia, una historia que se celebró con juegos pirotécnicos hace tan solo unos días. Es sobre cómo nuestra agricultura fue desarrollada y cómo las ciudades fueron construidas por el esfuerzo de los negros; cómo nuestro primer presidente, aquel revolucionario, era dueño de hombres y mujeres negros. Es sobre cómo el presidente a quien se le acredita liberar a los esclavos, también ejecutó a 38 dakotas por el hecho de proteger sus tierras ancestrales. Es sobre cómo el gobierno ha separado a los niños latinos y a los niños indígenas de sus familias a través de escuelas con régimen de internado y la Repatriación Mexicana. Es sobre cómo el hogar de los libres y de los valientes es el hogar de los encarcelados y de los colonizadores. Es sobre cómo le hemos negado a la gente de color su humanidad en beneficio del temor de los blancos. Esta nueva manifestación del temor de los blancos es tan solo el episodio más reciente de una larga historia de racismo y violencia en los Estados Unidos. Les negamos nuestra pregonada libertad a los latinos que cruzan las fronteras artificiales, ¿por qué razón? ¿Acaso porque ellos tenían diferentes colonizadores? ¿Acaso porque sus raíces y ramas indígenas no pueden quitarse de la cultura? En este momento, nuestros líderes de la Iglesia están visitando el Centro de Detención de Hutton, Edificio 40, a solo minutos de aquí. Yo los aplaudo por eso y espero que las mentalidades se cambien y que la gente apropiada se sienta vigorizada para realizar un cambio. Un buen hombre una vez me dijo que el mejor trabajo viene desde una posición de rabia. Entonces yo digo, que su rabia traiga justicia y que traiga paz a esas familias latinas que deben ver a sus hijos que están detenidos por los agentes de inmigración (ICE) en jaulas. Que nuestra rabia seque las lágrimas de los rostros trigueños y que se pueda empezar un procedimiento para desmontar las instituciones xenófobas que continúan creciendo. Que nuestra rabia inspire y que tal vez cree algo nuevo.

Mi padre me ha contado historias de su padre. Mi abuelo fue un hombre con el suficiente valor para venir a este país desde Ciudad de México. Nos contó las historias de mi abuelo que vivía atemorizado de las autoridades de inmigración y atemorizado también de la pobreza que había dejado atrás. Mi abuela, mi Nana, también cruzó aquel desierto para seguir a su esposo. Lo hizo por sus tres hijos para que pudieran tener una vida mejor que cualquiera que les pudiera ofrecer allá en México. Como chicano, estoy agradecido por la valentía de mi padre y mis abuelos para cruzar la frontera para lograr oportunidades, oportunidades económicas, oportunidades para educarnos y también oportunidades en la sociedad para mí y mi hermana. Y como chicano, al ver a esas familias que sufren en manos de ICE y el temor de los nativistas, me pone furioso, porque yo sé de dónde vengo.

Yo soy el producto de la unidad por la vía de la opresión, de alcohólicos y de foráneos.

Yo soy un hijo de la revolución y de aventureros que han enfrentado desiertos y despliegues militares.

Estoy a millones de pasos desde la pobreza hasta una promesa rota de oportunidades.

Yo soy un astronauta que anhela liberar a los niños de sus jaulas y llevarlos a una aventura entre las estrellas de las que nuestros ancestros contaban historias, para mostrarles aquel lugar donde la Tierra se curva y el cielo y el mar se encorvan entre sí como la luna y sus estrellas.

Yo lo soy y también lo son ellos. Y estamos Aquí para Quedarnos.

Y tal vez no les guste lo que tengo que decir. Quizás ustedes me ven como otro energúmeno chico de piel trigueña que no tiene motivo para hablar a la Iglesia de esta manera. Sin embargo, si leen las Escrituras para el día de hoy, si escuchan esos textos, verán que éste es nuestro llamado. Ezequiel dice: “Y ya sea que te hagan caso o no (…) sabrán que ha habido un profeta en medio de ellos.” ¡Atención! Yo no creo que soy un profeta, pero me han dado esta extraordinaria oportunidad de hablar a esta Iglesia, de hablar como un joven chicano, como una persona de color, que al observar esta Iglesia puede ver lo que puede llegar a ser. Debemos estar dispuestos a cambiarnos a nosotros mismos y a nuestras instituciones si hemos de crear el cambio en nuestro mundo.

En sus tiempos difíciles, esta Iglesia me ha traído estrés y desilusión, y el año pasado he estado ante el reto de reconsiderar cómo veo la religión, la espiritualidad y cómo las dos se intersecan. Dicho esto, yo no sigo en la Iglesia porque ame o tema a Dios. Yo no sigo en la Iglesia porque quiera complacer Dios. Yo no sigo en la Iglesia porque piense que es un pasaporte al cielo o cualquier promesa de salvación. Yo no sigo en la Iglesia porque piense que necesito inclinarme ante Dios. Yo sigo en la Iglesia debido a esas relaciones que se han creado y se han madurado por el afecto puro. Yo sigo en la Iglesia por hombres como Randy Callendar, Frank Sierra, Luis González, Anthony Guillen, Jesse Villegas y Broderick Greer. Yo sigo en la Iglesia por mujeres como Grace Ahern, Nancy Fraustro, Ariana González-Bonillas, Luisa Bonillas, Bronwyn Clark Skov, Valerie Harris y Christi Cunningham. Yo sigo en la Iglesia por el aroma de Standing Rock y el frío sereno de Harle Lawn durante la oración de la noche. Yo sigo en la Iglesia por esa manera como se ven las estrellas desde las sillas mecedoras de Kanuga. Yo sigo en la Iglesia por los libros de oración hawaianos y Sandra Montes y su música. Yo sigo en la Iglesia por las resoluciones que apoyan la libertad de la opresión aprobada por el estado. Yo sigo en la Iglesia por aquella historia que Anthony me contó la primera noche que estuve aquí, sobre cómo los Ministerios Latinos pasaron de una publicación de dos páginas a ser el criterio de referencia para los ministerios grupales. Yo sigo en la Iglesia porque la lucha no ha terminado. Yo sigo en la Iglesia porque tenemos una plataforma para lograr un cambio real y para hablar por aquellos que han sido silenciados. Tenemos una voz poderosa, una poética y amorosa voz que puede ver los problemas de este mundo y está dispuesta a enfrentarse a ellos. Así pues, utilicemos esa voz profética. Amén.


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