Carta del Obispo Presidente, Presidente de la Cámara de Diputados

Incluye una invitación para una meditación del Miércoles de Ceniza

Posted Jan 23, 2018

“Nuestra iglesia tiene que examinar su historia y llegar a un entendimiento más amplio de la manera en que manejó o manejó mal los casos de acoso sexual, explotación y abuso a través de los años”.

Estimado Pueblo de Dios en la Iglesia Episcopal:

En las últimas semanas, el testimonio convincente de mujeres víctimas de acoso sexual y ataques por hombres poderosos, nos trae a la mente un pasaje particularmente difícil de las Sagradas Escrituras:  la historia de la violación de la hija del Rey David, Tamar, por su medio hermano Amnón (2 Samuel 13:  1-22). En este pasaje, una conspiración de hombres trama la explotación y violación de una mujer joven. Ella fue despojada del poder de hablar y actuar, su padre ignora el crimen, y el destino del violador, no el de la víctima, se lamenta. Es una historia bíblica desprovista de justicia.

Por más de dos décadas, las mujeres africanas de comunidades marginadas han estudiado este pasaje de las escrituras utilizando un método llamado estudio bíblico contextual para explorar y hablar sobre el trauma de la violencia sexual en sus propias vidas. Utilizando un manual publicado por la Campaña Tamar (the Tamar Campaign), las mujeres preguntan, “Qué puede hacer la Iglesia para romper el silencio contra la violencia de género”?

Es, según los predicadores de antaño, una pregunta convincente. A medida que nuestras sociedades han sido obligados a reconocer nuevamente que las mujeres de todos ámbitos han sufrido trauma tácito a manos de agresores y acosadores masculinos, nos hemos convencido de que la Iglesia Episcopal debe trabajar aún más para crear una iglesia que no sea solo segura, sino también sagrada, humanitaria y digna. Tenemos que comprometernos a tratar a cada persona como un hijo de Dios, que merece dignidad y respeto. También debemos comprometernos a poner fin al sexismo sistémico, la misoginia, y el abuso de poder que afectan a la iglesia, así como corrompen nuestra cultura, instituciones y gobiernos.

Igual que nuestras hermanas africanas en fe, debemos crear contextos en cuales las mujeres puedan hablar sobre su trauma tácito, tanto si lo sufrió dentro de la iglesia o en otro lugar. Y debemos hacer más.

Nuestra iglesia tiene que examinar su historia y llegar a un entendimiento más amplio de la manera en que manejó o manejó mal los casos de acoso sexual, explotación y abuso a través de los años. Cuando los hechos lo dictan, debemos confesarnos y arrepentirnos de las instancias en que la iglesia, sus ministros o miembros han sido antagónicos o insensibles a las personas—mujeres, niños y hombres—que han sido víctimas de explotación o abuso sexual. Y hay que reconocer que en nuestra iglesia y en nuestra cultura, la explotación sexual de las mujeres es parte del mismo sistema injusto que también causa brechas de género en la remuneración, los ascensos, la salud y el empoderamiento.

Creemos que cada uno de nosotros tiene un papel en nuestro arrepentimiento colectivo. Entonces, hoy, les invitamos a unirnos en un Día de Oración el 14 de febrero Miércoles de Ceniza dedicado a meditar en las maneras en que nosotros en la iglesia no hemos apoyado a las mujeres y otras víctimas de abuso y acoso y a considerar, como parte de nuestras disciplinas cuaresmales, cómo podemos redoblar nuestro trabajo para ser comunidades de seguridad que se opongan a la violencia espiritual y física de la explotación y el abuso sexual.

Ninguno de nosotros pretende tener toda la sabiduría necesaria para cambiar la cultura de nuestra iglesia y la sociedad en que ministra, y en la Convención General de este verano, queremos escuchar la voz amplia de la iglesia mientras definimos cómo proceder tanto en expiar por el pasado de la iglesia y formar un futuro más justo. Que encontremos en nuestras deliberaciones oportunidades para escucharnos unos a otros, para ser honestos acerca de nuestros propios fracasos y quebrantamientos, y de discernir devotamente las maneras que Dios nos llama a estar con Tamar en todos los lugares donde la encontramos—tanto dentro de la iglesia como más allá de nuestras puertas, las cuales hemos usado con demasiada frecuencia para excluirla.

Fielmente,

Rvdmo. Michael B. Curry
Obispo Primado

Rda. Gay Clark Jennings
Presidente de la Cámara de Diputados


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