El Obispo Primado intercambia mensajes de esperanza en Puerto Rico mientras persisten los problemas después del huracán

Por David Paulsen
Posted Jan 5, 2018

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El obispo de Puerto Rico, Rafael Morales, le da un juguete a un niño durante una visita a una clínica temporal en Toa Baja que fungió también de estación de socorro para [damnificados por] el huracán el 3 de enero. El obispo primado Michael Curry, a la derecha, que estaba en medio de una visita pastoral de dos días, ayudó a distribuir los juguetes junto con los tres Reyes Magos que iban con sus trajes típicos. Foto de David Paulsen/ENS

[Episcopal News Service – Toa Baja, Puerto Rico] El obispo Rafael Morales no da la impresión de que sigue inmerso en su trabajo. Llevaba apenas dos meses al frente de la Diócesis de Puerto Rico cuando el huracán María devastó la isla en septiembre, y desde entonces, su personal y el clero de la diócesis han movilizado las iniciativas de ayuda con tal determinación que esta semana le ganaron el reconocimiento del obispo primado Michael Curry durante sus dos días de visita.

El huracán María fue y sigue siendo una catástrofe sin paralelo, dijo Morales, pero él está aprovechando la oportunidad para ministrar a sus compatriotas puertorriqueños.

“Nuestra gente tiene buen corazón”, dijo él el 3 de enero, en camino al pueblo costero de Toa Baja acompañado por Curry. La cultura de Puerto Rico es de acción de gracias, afirmó Morales. “Esta diócesis es una diócesis de esperanza”.

Curry estuvo en Puerto Rico de visita pastoral y predicó el 3 de enero por la noche en la catedral episcopal de San Juan, la capital de este territorio de EE.UU. En la escala que antes hiciera en Toa Baja, a Curry y su delegación les presentaron Abrazos de Amor, una serie de clínicas itinerantes que la diócesis ha ofrecido desde el huracán a través del sistema de salud que dirige. Este y otros ministerios se han fortalecido gracias a las asociaciones ecuménicas y a la colaboración de agencias federales, instituciones locales sin fines de lucro y el Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo.

Para el evento de Abrazos de Amor en Toa Baja, se levantaron tiendas en un solar yermo de suelo de gravilla que proporcionó la congregación local de los Discípulos de Cristo, la cual también envió voluntarios que llevaban gorras y camisetas con el mensaje “Ama como Cristo”.

“Gracias por lo que han hecho. Es la obra de Dios”, dijo Curry al pastor de los Discípulos de Cristo, el Rdo. Prudencio Rivera Andújar y a su esposa Azalia Gómez.

El obispo primado Michael Curry saluda a las personas el 3 de enero en la clínica temporal de Toa Baja. Foto de David Paulsen/ENS.

Curry anduvo a través de las tiendas dando estrechones de mano y abrazos a los voluntarios diocesanos y a algunos de los cientos de residentes que habían venido a esta clínica de un día de duración. Esperaban su turno para que les midieran la tensión arterial, les tomaran muestras de sangre, los vacunaran, les dieran repuestos de recetas y otros servicios médicos, todos ellos ofrecidos gratuitamente por médicos y enfermeras del hospital episcopal San Lucas, que tiene su sede en Ponce.

Todo el mundo del sistema del San Lucas participó en las clínicas temporales, le dijo a Curry Jesús Cruz Correa, director médico del hospital. “Rotamos los médicos”. Los pacientes que necesitan ulterior atención médica los remitimos al hospital para visitas de seguimiento.

Un camión del hospital, estacionado cerca de una de las tiendas, estaba lleno de alimentos, agua y artículos de aseo personal para distribuírselos a las familias. El almuerzo y la música estaban incluidos en el evento, junto con actividades para los niños.

Morales, que pasó siete años como sacerdote en Toa Baja, fue un anfitrión entusiasta, riéndose con frecuencia y mostrando su sonrisa contagiosa casi siempre. Él es un episcopal que habla constantemente de sus bendiciones, de las bendiciones de la diócesis, de las bendiciones de su gente, incluso en un momento de tantas privaciones. La iglesia se siente motivada a interactuar con la comunidad, afirmó él.

“Es una bendición, es un ministerio”, le dijo él a Curry horas antes ese día luego de saludarlo en el hotel de San Juan. “Ahora tenemos momentos difíciles, pero Jesús nos está bendiciendo”.

Meses después del huracán, los habitantes de la isla aún se enfrentan a dificultades

La escena en torno a Toa Baja, a unos 20 minutos al oeste de San Juan, apenas insinúa la magnitud del desastre que aún afecta a gran parte de la isla más de 100 días después que la tormenta azotara como un violento huracán de categoría 4. Tocó tierra el 20 de septiembre con vientos sostenidos de 249 kph, interrumpiendo el servicio eléctrico y telefónico de los 3,4 millones de habitantes de la isla. Causó aludes de lodo, destruyó casas y empresas, derribó árboles y provocó extrema escasez de alimentos y agua potable.

La cifra oficial de muertes debido a la tormenta es de 64, pero un análisis del New York Times el mes pasado sugiere que la cifra real de bajas mortales es exponencialmente mayor, ascendiendo posiblemente a 1.000 fallecidos.

Los daños a la infraestructura de Puerto Rico han sido particularmente devastadores. La oficina del Gobernador anunció la semana pasada que sólo se había restablecido el servicio eléctrico a un 55 por ciento de clientes en toda la isla, y que el regreso del alumbrado en algunas zonas remotas podría no ocurrir hasta mayo.

En Trujillo Alto, un poste de la electricidad descansa derribado a la orilla de la carretera que conduce a las oficinas de la diócesis episcopal, en un barrio de los que todavía no tienen servicio eléctrico. Algunos reflectores en las carreteras del pueblo sólo recientemente han comenzado a funcionar de nuevo, pero hasta esta semana el equipo de Morales trabajaba en un edificio que aún depende de un generador.

Algunas comunidades de las montañas del interior se han visto aun más afectadas. “Las carreteras están completamente destruidas”, dijo el Rdo. Edwin Orlando Vélez a través de una traductora mientras visitábamos la clínica de Abrazos de Amor en Toa Baja.

Orlando Vélez atiende a dos congregaciones en la parte centrooccidental de la isla, en los pueblos de Lares y Maricao. Muchas personas aún se encuentran sin electricidad ni agua, dijo él. Debido a los deslaves y el derribo de árboles, resulta difícil conducir.

Las iglesias están trabajando con los gobiernos municipales para ayudar en la limpieza, pero Orlando Vélez y otros sacerdotes también han estado ministrando a víctimas del huracán mediante visitas a los hogares. Con frecuencia encuentran que sostener la mano de alguien y escuchar sus historias marca la diferencia.

“Yo diría que tienen muy buen ánimo”, afirmó él. “La gente en las montañas está acostumbradas a pasar trabajo. Debido a eso tienen una actitud de aceptación”.

Algunos de los sacerdotes de la diócesis perdieron sus hogares. Otros no tuvieron electricidad en sus iglesias hasta que recibieron generadores, gracias al Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo y otras entidades de la Iglesia, tal como la Diócesis de Maryland.

En los primeros días después de la tormenta, con las líneas telefónicas caídas y el servicio de celulares inestable, el Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo logró conseguir teléfonos satelitales para la diócesis, de suerte que el equipo de Morales pudiera coordinar iniciativas de ayuda pastoral y médica con clérigos que se encontraran lejos. El Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo también ha costeado alimentos y agua y, debido a su experiencia en huracanes anteriores, está ayudando a la diócesis a coordinar esfuerzos con agencias federales y otras organizaciones humanitarias.

Rob Radtke, presidente del Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo, que acompañó a Curry en su visita de dos días, definió a Puerto Rico como “una diócesis de alta capacidad”. La diócesis ha potenciado exitosamente su sistema de atención sanitaria como parte de las iniciativas de ayuda, explicó él, y se ha beneficiado de un liderazgo emprendedor y bien organizado con genuino interés en servir a su comunidad.

“Es en esto donde la Iglesia tiene un don particular. Esto es cierto lo mismo en Puerto Rico como en cualquier otra parte”, dijo Radtke a Episcopal News Service. “Tiene acceso a los más íntimos sentimientos de las vidas de la gente, y disfruta de un alto nivel de confianza que puede invocar desde el punto de vista de personas que se acercan a la Iglesia y ven a la Iglesia como un lugar que responderá a sus necesidades”.

El obispo primado Michael Curry se suma a un grupo de la Diócesis de Puerto Rico que llevó a cabo visitas a hogares el 3 de enero para proporcionarles atención médica a vecinos enfermos en Toa Baja. Aquí el personal médico examina a Mariana Cabrera, de 83 años, que padece de diabetes, hipertensión y úlceras. Foto de David Paulsen/ENS.

Morales expresó  su decepción por lo ha que sido hasta el momento la respuesta del gobierno federal. Él no cree que la Administración Federal de Asistencia en Desastres (FEMA por su sigla en inglés) haya mostrado  el mismo nivel de compromiso con Puerto Rico que con otras comunidades de Estados Unidos continental que fueron azotadas por huracanes en 2017, tales como Houston. En áreas donde se percibe que el gobierno no ha hecho lo suficiente, su diócesis espera  redoblar sus esfuerzos.

“La bendición es que ahora somos una diócesis misionera”, dijo Morales a Curry durante un almuerzo de pollo, arroz y frijoles, mientras tres hombres vestidos como los Reyes Magos repartían bolsas de alimentos y agua a las familias que visitaban la clínica de Toa Baja.

Después del almuerzo, Morales y Curry se reunieron con los tres Reyes Magos para distribuir juguetes a una larga cola de niños sonrientes y a sus padres —“la Epifanía por anticipado”, dijo Morales.

En presencia de la desesperación, se buscan señales de esperanza

Curry tenía otra referencia bíblica en mente. “Ustedes han convertido el agua del huracán en el vino de la esperanza”, les dijo a los líderes de la Iglesia en Toa Baja, brindándoles un adelanto de su sermón horas después.

Esa noche, en la Santa Eucaristía en la catedral de San Juan el Bautista, Curry habló de la lectura del evangelio de la Epifanía que repercutía en la misión de la Iglesia local —como los tres magos del evangelio de Mateo tropezaron con un milagro, y cómo los episcopales en Puerto Rico pueden encontrar milagros en sí mismos. Luego invocó la historia de las Bodas de Caná, en las cuales Jesús tomó jarras de agua y las convirtió en vino para todos los que estaban allí reunidos.

“He oído hablar de vecinos que se ocupan de vecinos”, dijo, destacando ejemplos de Puerto Rico, de los sacerdotes que se han allegado a personas con viviendas dañadas, de los médicos y enfermeras que conoció en el “hospital de campaña” en Toa Baja.

“Ustedes han convertido el agua de[l huracán] María en el vino de la esperanza”, le dijo a la congregación.

Él concluyó con palabras de aliento, para que los episcopales de Puerto Rico se mantengan siguiendo el camino de Jesús en tanto ministran a sus prójimos.

“Cuando atraviesen la tormenta, mantengan la cabeza en alto”, dio. “Si siguen a Jesús, nunca andarán solos”.

Tal aliento es bien acogido. La desesperación es una constante amenaza para las familias que siguen luchando después del huracán, dijo Damaris DeJesus, que sirve de secretaria de la junta directiva de la diócesis y que condujo a Curry y a los demás visitantes a algunas de sus citas esta semana.

“Por ejemplo, esa casa”, dijo señalando un edificio de apartamentos afectado junto a la carretera en Toa Baja. “La familia, ¿qué va a hacer?” Al mismo tiempo, ella le hizo honor a Morales en enfatizar la esperanza al llamar a la diócesis a servir a los necesitados.

Damaris

Damaris DeJesus explica la mezcla de desesperación y esperanza de los puertorriqueños durante el viaje de regreso de Toa Baja a San Juan el 3 de enero con el obispo primado Michael Curry, a la derecha, y la delegación de la Iglesia Episcopal. Foto de David Paulsen/ENS.

DeJesus es psicóloga y enseña en la Universidad de Puerto Rico y, después del huracán, trabajo con pasantes en la creación de sesiones de consejería de grupos con familias que se enfrentan al trauma psicológico de afrontar grandes pérdidas. Ella se quedó impresionada por la perspectiva de un niñito de 6 años, que estaba viviendo en una tienda con sus padres porque la casa de su familia se había visto afectada por la tormenta.

“Desde el momento en que lo conocí, vi lo feliz que era”, le dijo ella a Curry y sus acompañantes a través de un intérprete. El niño le había señalado todo lo que su familia aún tenía, incluidos unos a otros. “Le agradecía a Dios el estar con sus padres”.

El 4 de enero, Morales concertó que Curry oyera testimonios de personas que sobrevivieron el huracán. Luego de hacerle a Curry y su personal un recorrido por las oficinas diocesanas en Trujillo Alto, los invitó a almorzar afuera bajo una tienda de campaña, donde el ruido del generador se mezclaba con el sonido de la música en vivo.

Antes de que sirvieran el almuerzo, cuatro episcopales se levantaron para hablarle al grupo de varias docenas de personas acerca de sus experiencias durante el huracán María y después de su paso. Kelma L. Nieves Serrano, de Fajardo, contó cómo ella y su esposa perdieron todo: su casa inundada y su auto destruido.

“También tuvimos a Dios como nuestro compañero” dijo ella valiéndose de una traductora. Y se sintieron afortunadas de contar con miembros de la comunidad episcopal que estaban pendientes de ellas y que les brindaron alimento, agua y transporte cuando lo necesitaron. “Tenemos dificultades, pero estamos en pie”.

Testimonial

Kelma L. Nieves Serrano, de Fajardo, describe sus experiencias después del paso del huracán María en un evento el 4 de enero preparado por el obispo Rafael Morales frente a las oficinas diocesanas en Trujillo Alto. Foto de David Paulsen/ENS.

Elfidia Pizarro Parrilla, de Loiza, dijo que ella y sus vecinos estaban igualmente agradecidos por el apoyo de la Iglesia Episcopal. El huracán “viró nuestra casa al revés. Yo he perdido todo lo que tenía”, dijo Pizarro Parrilla. “La Iglesia nos dijo ‘estamos aquí con ustedes’”.

Morales dio su propio testimonio, empezando por reconocer su propia desesperanza después del azote del huracán. Él vino a las oficinas de la diócesis, vio la destrucción circundante y se preguntó qué podía hacer. Se sintió inspirado al ver una cruz, que seguía en pie afuera, detrás del edificio principal.

“Cuando vi la cruz, entendí que el Señor estaba ciertamente en medio de la tormenta y que él estaba aquí después de la tormenta”, dijo Morales al grupo reunido en la tienda.

La tienda se levantó sobre una gran placa de concreto frente al edificio principal [de la diócesis] y sirvió como un símbolo de resurrección mientras Morales hablaba de cómo Dios había guiado la diócesis para que saliera delante. El huracán destruyó el edificio de una iglesia provisional que se alzaba sobre la placa de concreto, que ahora sostenía una reunión rebosante de fraternidad y resolución.

“Lo que huracán se lleva puede rehacerse en algo bueno”, afirmó él.

– David Paulsen es redactor y reportero de Episcopal News Service. Pueden dirigirse a él a dpaulsen@episcopalchurch.org. Dinorah Padro colaboró con la traducción para este reportaje. Traducción de Vicente Echerri.


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