Compañeros visitan y expresan su solidaridad con episcopales ecuatorianos

La recuperación física y emocional del terremoto puede tardar años

Por Lynette Wilson
Posted Jun 17, 2016

[Episcopal News Service – Manta, Ecuador] Los pobres, las mujeres y los niños son los que más sufren las secuelas de un desastre. En Ecuador, donde un enorme terremoto mató a más de 650 personas y desplazó a más de 30.000 en abril, las mujeres y los niños, además del trauma, el pesar y las heridas emocionales sufridas, han experimentado aumentos en las tasas de violencia doméstica y el hambre ha provocado un aumento de enfermedades gastrointestinales y respiratorias en los niños.

Esta realidad que trajo las secuelas del terremoto no hace titulares ni se presta a las fotografías, pero los vicarios que atienden aquí cuatro misiones de la Diócesis de Ecuador Litoral la confrontan a diario en sus comunidades. Además, es una realidad que durante cuatro días, del 9 al 12 de junio, la aprendieron de primera mano representantes de cuatro iglesias compañeras de la Diócesis de Tennessee.

Durante una reunión informal en la misión de San José Obrero, el Rdo. José Cantos Delgado, diácono encargado, describió la situación. La iglesia, que sufrió daños estructurales menores, está localizada en el 15 de Abril, un cantón donde viven “los más pobres de los pobres” y donde los ocupantes ilegales, comunes en América latina, han construido estructuras de bambú, ladrillo y contrachapado detrás de la iglesia.

“Ecuador tiene uno de los índices más elevados de abuso infantil en Sudamérica”, dijo Cantos, añadiendo que el terremoto y las tensiones que se le asocian, inseguridad alimentaria y pérdidas de empleos, han dado lugar a un aumento de la violencia doméstica en que las mujeres intentan proteger a sus hijos y protegerse ellas mismas.

San José Obrero dirige una guardería infantil para los niños de la comunidad, donde las lecciones diarias se centran, después del terremoto, en el bienestar emocional de los niños más que en el aprendizaje.

“La escuela es el vehículo para ayudar a los niños y a sus madres, y esa es la más fundamental forma de ayuda”, dijo Cantos. “Es importante seguir trabajando con las mujeres y los niños porque ellos son los más afectados”.

El terremoto de 7,8 de magnitud azotó a la altura de la costa central el 16 de abril en lo que las personas que lo vivieron describen como una “onda larga y lenta” que llevó a muchos a temer que seguiría un tsunami. Además de los centenares que murieron, más de 12.000 personas sufrieron lesiones. Y una semana después, las réplicas continuaban sacudiendo el país y los nervios de la gente.

Compañeros de la Diócesis de Tennessee posan junto con miembros de [la iglesia de] Santiago Apóstol en La Pila, una pequeña comunidad a 40 minutos en auto de Manta. Foto de Lynette Wilson/ENS

Compañeros de la Diócesis de Tennessee posan junto con miembros de [la iglesia de] Santiago Apóstol en La Pila, una pequeña comunidad a 40 minutos en auto de Manta. Foto de Lynette Wilson/ENS

[La Iglesia Episcopal de] Ecuador está dividida en dos diócesis, la Diócesis de Ecuador Central, con sede en Quito, y Ecuador Litoral, que se extiende desde Guayaquil, la ciudad más grande y capital financiera del país, hasta el norte a lo largo de la costa, una zona popular de turistas e inmigrantes.

El terremoto causó daños estructurales que se calculan en $4.000 millones, una cifra estratosférica en un país económicamente asediado por la caída de los precios del petróleo y ahora también por un descenso del turismo.

“Nadie estaba preparado para el terremoto; fue como una película”, dijo la Rda. Betty Juárez Villamar, la única mujer sacerdote de la región, que atiende tanto la iglesia episcopal de San Esteban, a corta distancia en auto de San José Obrero, y la iglesia episcopal de San Pablo cerca de la playa.

En la comunidad costera de Manta —a unas 3,5 horas en auto hacia el norte desde Guayaquil— los edificios dañados están esparcidos por toda la ciudad y más de 580 ya han sido demolidos. La “zona cero”, un distrito comercial de poco más de 2 hectáreas, ya está acordonado para la demolición. Muchas personas viven en campamentos improvisados que han construido con materiales rescatados y otras viven en tiendas de campaña en el exterior de sus hogares o en el perímetro de la zona. Algunos residentes desplazados viven en zonas custodiadas y en tiendas azules proporcionadas por el gobierno de China.

La primera prioridad de la diócesis fue contribuir a que las familias lograran una sensación de paz y seguridad en el tiempo que siguió al terremoto, dijo Alfredo Morante, el obispo de Ecuador Litoral. Además de eso, la diócesis intenta ayudar  a las personas a reconstruir sus casas y a encontrar empleo.

Una de las formas de ayudar a aliviar la presión y la tensión sobre las familias es proporcionarles a las personas un espacio para contar sus historias y comenzar a recuperarse del trauma provocado por el terremoto.

El Rdo. Jairo Chiran Guillén, diácono y vicario encargado de Santiago Apóstol en La Pila, habla durante el taller de respuesta al desastre que tuvo lugar el 11 de junio en San José Obrero. Foto de Lynette Wilson/ENS

El Rdo. Jairo Chiran Guillén, diácono y vicario encargado de Santiago Apóstol en La Pila, habla durante el taller de respuesta al desastre que tuvo lugar el 11 de junio en San José Obrero. Foto de Lynette Wilson/ENS

Desde 1998, los compañeros de Tennessee han hecho visitas anuales a Ecuador. En la noche del 11 de junio, dirigieron un taller de respuesta al desastre para instruir a las personas respecto a las etapas de duelo y la importancia de priorizar la salud espiritual y mental.

Además de la de San José Obrero, el grupo visitó otras tres iglesias para escuchar las historias de los miembros de la comunidad y expresar su solidaridad y su preocupación.

“Parte de nuestra relación a lo largo de los últimos 20 años ha sido compartir nuestras historias; para nosotros los de Tennessee es importante escuchar”, dijo George Kurz, que coordina las relaciones de compañerismo y quien codirigió los talleres junto a Sarena Pettit. “Volveremos a Tennessee y compartiremos las historias de ustedes. Contar sus historias es parte de la recuperación.

“Es importante para todos ustedes ser pacientes y generosos los unos con los otros en tanto continúan contando sus historias”.

Virginia María Quijije Lucas toma notas durante el taller de respuesta al desastre el 11 de junio. Foto de Lynette Wilson/ENS

Virginia María Quijije Lucas toma notas durante el taller de respuesta al desastre el 11 de junio. Foto de Lynette Wilson/ENS

El taller del 11 de junio se basó en un material de la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo para abordar las necesidades de personas que acuden a la iglesia en busca de ayuda luego de un desastre. Al taller en San José Obrero asistieron más de 50 personas, muchas de las cuales vinieron en autobús de [la congregación] de Santiago Apóstol en La Pila, una zona que queda a unos 40 minutos de distancia por carretera.

Luego de aprender acerca del ciclo vital emocional de un desastre, los participantes se dividieron en cuatro grupos más pequeños y sostuvieron discusiones en base a lecturas bíblicas —Salmo 6 y los capítulos 11 y 12 de Mateo— y una serie de preguntas con vistas a procesar el sufrimiento y la importancia del cuidado personal.

Como compañeras, las iglesias de Tennessee mantienen a sus homólogas ecuatorianas en sus pensamientos y en la Oración de los Fieles.

“Estamos con ustedes en espíritu y en oración”, dijo Pettit —miembro de [la iglesia de] San José de Arimatea [St. Joseph of Arimathea] en Hendersonville, quien también sirve como intérprete de español para el grupo— durante una visita a Santiago Apóstol en La Pila. “Todas las semanas oramos por ustedes en nuestras iglesias y estamos aquí para ayudarles en todo lo que podamos”.

Saulo Cirilo Lucas Muentes habla sobre el terremoto del 16 de abril. Su esposa, Miryan Inés Lucas Mero, y las dos hijas de la pareja, estaban en una fiesta de cumpleaños cuando se produjo el terremoto de 7,8 de magnitud. Anne Ridens, de la iglesia del Buen Pastor [Good Shepherd] en Brentwood, Tennessee, escucha durante una visita a Santiago Apóstol en La Pila. Foto de Lynette Wilson/ENS

Saulo Cirilo Lucas Muentes habla sobre el terremoto del 16 de abril. Su esposa, Miryan Inés Lucas Mero, y las dos hijas de la pareja, estaban en una fiesta de cumpleaños cuando se produjo el terremoto de 7,8 de magnitud. Anne Ridens, de la iglesia del Buen Pastor [Good Shepherd] en Brentwood, Tennessee, escucha durante una visita a Santiago Apóstol en La Pila. Foto de Lynette Wilson/ENS

Durante la visita, Miryan Inés Lucas Mero contó la historia de cómo ella estaba con una de sus hijas en una fiesta de cumpleaños, mientras su marido estaba en otra fiesta y su otra hija estaba en casa. Justo antes del terremoto, la hija que se había quedado en casa se reunió con su madre y su hermana. Ambas hijas estaban sentadas junto a ella dos minutos antes de que azotara el terremoto. Antes que nadie percibiera el temblor, la hija mayor dijo que venía. Cuando lo dijo por segunda vez, empezaron a sentir que el suelo se movía, soltaron su pedazo de pastel y corrieron hacia fuera, donde vieron como el edificio se desplomaba.

El marido de Lucas, Saulo Cirilo Lucas Muentes, guardián mayor de la iglesia, estaba frenético porque creía que una de sus hijas estaba sola en casa, y su esposa estaba aterrada de pensar que él había muerto, si no de lesiones, debido a su alta tensión arterial.

Regresaron a su casa en la oscuridad frente a edificios derrumbados. El servicio de teléfonos celulares dejó de funcionar y los miembros de la familia no podían ponerse en contacto. Muchas de las personas acudieron a la iglesia porque no tenían ningún otro lugar adonde ir. Cuando amaneció y fueron capaces de ver la magnitud del daño y como la escasez de alimento y agua resultaba evidente, las cosas se pusieron aun peor. “Era el caos”, contó ella.

La Rda. Mariana Loor consuela a Cecilia Lorena Quijije Gómez mientras ella cuenta su historia y Sarena Pettit interpreta para el grupo de Tennessee. Foto de Lynette Wilson/ENS

La Rda. Mariana Loor consuela a Cecilia Lorena Quijije Gómez mientras ella cuenta su historia y Sarena Pettit interpreta para el grupo de Tennessee. Foto de Lynette Wilson/ENS

Otras dos mujeres, Martha Alexandra Palma Mezones y Cecilia Lorena Quijije Gómez, asistían a un retiro en Guayaquil y sus hijos estaban en casa cuando se produjo el terremoto. Sus hijos sobrevivieron, pero Palma perdió su hogar y ahora vive con su madre, y Quijije está viviendo en el patio porque su casa sufrió importantes daños.

Muchas personas perdieron sus hogares y ahora viven con otros miembros de su familia hacinados bajo un mismo techo.

Los compañeros de Tennessee tenían planes de visitar a sus homólogos de Ecuador Litoral antes de que se produjera el terremoto. Miembros de [la congregación de] San Felipe [St. Philip’s] en Nashville, que buscan una iglesia compañera, iban a acompañarlos. Originalmente, el grupo de 11 personas tenía el doble en número, de los cuales algunos miembros iban a montar una clínica. Pero el obispo les pidió que el grupo se concentrara en un ministerio de presencia, lo cual lo llevó a nuevas percepciones.

“Durante mucho tiempo hemos notado que las mujeres y los niños asistían en una desproporcionada mayoría a los oficios de la iglesia y que las mujeres ocupaban la mayoría [si no la totalidad] de los puestos de liderazgo en muchas iglesias en [la diócesis de Ecuador] Litoral”, dijo Kurz, luego de la visita.

Él y otros del grupo no estaban al tanto de los elevados índices de violencia doméstica en Ecuador, violencia que se ha intensificado después del terremoto.

El Dr. Marc Mickiewicz, de la iglesia del Buen Pastor en Brentwood, Tennessee, y la Rda. Betty Juárez Villamar participan de una discusión en un pequeño grupo durante el taller sobre respuesta al desastre el 11 de junio. Foto de Lynette Wilson/ENS

El Dr. Marc Mickiewicz, de la iglesia del Buen Pastor en Brentwood, Tennessee, y la Rda. Betty Juárez Villamar participan de una discusión en un pequeño grupo durante el taller sobre respuesta al desastre el 11 de junio. Foto de Lynette Wilson/ENS

“Para las familias donde los hombres perdieron sus empleos debido as los daños sufridos en las fábricas o a las empresas que se destruyeron, las condiciones para el abuso y el hambre se han exacerbado”, afirmó. “Esta es la primera vez que he oído a una persona preparada [Cantos] dentro de la Iglesia en      [la Diócesis] Litoral abordar estos problemas y me quedé estupefacto al darme cuenta de su extensión”.

El año pasado, cuando Cantos, que desempeña un trabajo secular de lunes a viernes en Guayaquil, vivía en Manta, dirigía un grupo semanal para las madres de los niños. Las reuniones le brindaban a las mujeres un espacio para compartir sus historias y le dieron a él la oportunidad de instruirlas acerca de sus derechos legales. No existe un sistema de albergues, resaltó, y muchas mujeres no tienen más opción que regresar con sus parejas abusadoras.

“ El 90 por ciento de estas mujeres [de las 20 que participaron] eran víctimas de abusos y no tenían modo alguno de lidiar con eso”, dijo Cantos durante la reunión, explicando que carecían de la educación o de la comprensión para saber adonde acudir a denunciar el abuso. Dos de las mujeres tomaron medidas, explicó él. Y añadió que el número de las que buscan ayuda es escaso debido a los prejuicios profundamente arraigados de una cultura machista que lleva a presionar, aun a sus propias madres, a permanecer junto a un hombre abusador.

Y con el terremoto, esa presión se ha incrementado. Algo en que los compañeros de Tennessee podrían estar dispuestos a ayudar.

“Si bien las condiciones para otras congregaciones pueden ser distintas a ésta, me doy cuenta ahora de que este es un factor que deberíamos de considerar como parte de nuestra relación al trabajar con las iglesias en Ecuador”, dijo Kurz, añadiendo que puede ser un área en la cual los compañeros puedan asistir proporcionándoles adiestramiento y materiales al clero y los líderes laicos locales.

– Lynette Wilson es reportera y redactora de Episcopal News Service. Traducción de Vicente Echerri


Tags


Full names required. Comments limited to 2000 characters. Read our Comment Policy. Reports of commenting misconduct can be e-mailed to news@episcopalchurch.org.

You have reached our comment limit of 5. You may resume commenting in 24 hours.