Un proyecto de narraciones de prisión transforma vidas y educa a la comunidad

Por Lynette Wilson
Posted Dec 9, 2013

Las reclusas entraban y salían del salón multiusos del centro correccional en fila india y con las manos cruzadas a la espalda para la representación interna de Relatos de adentro hacia afuera [Stories from the Inside Out]. Entre dos prisiones y centros correccionales comunitarios, hay 17.259 mujeres encarceladas en Arkansas, según el Departamento Correccional del estado. Foto de Lynette Wilson para ENS.

Las reclusas entraban y salían del salón multiusos del centro correccional en fila india y con las manos cruzadas a la espalda para la representación interna de Relatos de adentro hacia afuera [Stories from the Inside Out]. Entre dos prisiones y centros correccionales comunitarios, hay 17.259 mujeres encarceladas en Arkansas, según el Departamento Correccional del estado. Foto de Lynette Wilson para ENS.

[Episcopal News Service] Las palabras que salen de las cinco actrices pueden ser difíciles de oír. No porque se trate de obscenidades, de las cuales no hay muchas; son las descripciones de abandono, abuso, desamparo, adicción y pérdida padecidos por 12 mujeres encarceladas lo que les resulta abrumador a los que escuchan.

Son las palabras como las que empleaba una mujer que reflexiona sobre el suicidio de su hermana; la pared ensangrentada; el sofá dejado al borde de la acera para que lo recoja la basura. Todo lo que queda de una vida.

O las de una madre que, al salir de una cama empapada en sudor, necesita encerrarse en el baño y encontrarse una vena que no estuviera colapsada para inyectarse la metadona antes de poder darles el desayuno a los niños que esperan hambrientos y desesperados por captar su atención.

Son las palabras de las mujeres que, dos veces a la semana durante cuatro meses, trabajaron con narradores, poetas, compositores y artistas para ahondar en las grietas tenebrosas, y llegar a las partes de sí mismas y de sus recuerdos de infancia que guardan el dolor y el sufrimiento, tanto padecido como cometido, y ponerlo todo en el papel.

A mediados de noviembre, las actrices leyeron las palabras de las mujeres a unas 230 personas reunidas en la iglesia episcopal de San Pablo [St. Paul’s Episcopal Church] en Fayetteville, Arkansas. Era la tercera vez que el Proyecto de Relatos de Prisión del Noroeste de Arkansas montaba una representación de  “Relatos de adentro hacia afuera” en San Pablo, que adoptó el proyecto en 2012. El día antes, el 14 de noviembre, las actrices hicieron una lectura para las 12 mujeres que participaron en la tercera ronda del proyecto y para sus compañeras reclusas dentro del centro correccional comunitario.

Kathy McGregor, la directora del programa, llevó el proyecto narrativo a Fayetteville en 2011, desde Memphis, Tennessee, donde una colega enfermera y narradora, Elaine Blanchard, había comenzado un proyecto de narraciones de prisión en el condado de Shelby.

“Hay una fuerza en el relato y una fuerza particular en aprender a contar tu propia historia y en repetírtela de nuevo”, dijo McGregor.

Kathy McGregor, directora del Proyecto de Relatos de Prisión del Noroeste de Arkansas, presenta un certificado a una de las 12 narradoras  que participaron de la representación de Relatos de adentro hacia afuera el 14 de noviembre en el Centro Correccional Comunitario del Noroeste de Arkansas en Fayetteville. Foto de Lynette Wilson para ENS.

Kathy McGregor, directora del Proyecto de Relatos de Prisión del Noroeste de Arkansas, presenta un certificado a una de las 12 narradoras que participaron de la representación de Relatos de adentro hacia afuera el 14 de noviembre en el Centro Correccional Comunitario del Noroeste de Arkansas en Fayetteville. Foto de Lynette Wilson para ENS.

A lo largo del período de cuatro meses que duró la preparación del programa, los temas comienzan por desarrollarse a partir de ejercicios de mapeo de vida, inspiraciones de escritura poética, canciones y otras lecturas. El texto de las mujeres se reduce luego al tamaño de una representación.

Madres e hijos estuvieron debatiendo muchísimo, y las mujeres querían profundizar, explorar sus propias historias y las historias de otros, dijo la directora de redacción Katie Nichol. Ella obtuvo una maestría en bellas artes de la Universidad de Arkansas, vino al proyecto de narración en julio de 2012 como artista visitante y se quedó.

“A veces puede ser realmente duro cuando uno oye contar historias llenas de dolor”, dijo Nichol. “Y luego puedes presentarles un poema y observarlas como van de no entender nada a analizarlo en un nivel universitario”.

Una representación ‘interna’

El Centro Correccional Comunitario del Noroeste de Arkansas que alberga a las participantes parece un hogar de convalecientes, un edificio de bajo puntal situado en la intersección de la calle Spring y de la avenida College en el centro de Fayetteville, una ciudad universitaria. Las 100 mujeres viven allí, 97 por ciento de las cuales son blancas y todas están cumpliendo sentencias por delitos no violentos. La mayoría, si no todas, tienen una cosa en común: [han sido víctimas de] abuso emocional, físico o sexual, o de una combinación de abusos y abandono.

Antes de que comenzara la representación del centro, las actrices repasaron sus parlamentos en un cuartito que queda al lado del salón multiusos donde las reclusas se reunirían más tarde. A las 12 mujeres cuyos relatos se cuentan se les dijo que ensayaran la canción “Quebrantada” [Broken] con la músico Shannon Wurst.

“Soy más fuerte de lo que creía ser” dijo “Zaria Ezra” (a cada una de las mujeres se les dio un “nombre artístico” por razones de confidencialidad), de 25 años, que está cumpliendo su noveno mes de encierro por haber violado la libertad condicional relacionada con previas sanciones por drogas. “He pasado muchísimo”.

Hija de padres divorciados, Zaria Ezra dijo que ella había sobrevivido al abandono, la sobredosis letal de drogas de un chico de 19 años que era su novio y, después de que éste muriera, una tendencia personal a sabotear todas las relaciones con los hombres. “Yo los dejaba antes de que me dejaran”, dijo durante una entrevista en el cuarto de ensayos.

Zaria Ezra espera salir del centro antes de Navidad. Tiene planes de regresar a vivir con su familia en Bentonville, donde se encuentra la casa matriz de Walmart, comenzar a rehacer sus relaciones y a trabajar como cosmetóloga, mientras se somete a tratamientos de quimioterapia para tratarse la Hepatitis C que contrajo a través del uso de drogas intravenosas.

El proyecto de relatos de la prisión, afirmó, la ayudó a liberarse de la “atadura mental” asociada con ocultarse de los demás.

“Ya no me escondo, le cuento mi historia a todo el mundo”, dijo. “Eso me ha ayudado a tener más confianza en mí misma. No tengo nada que ocultar”.

Antes de la actuación, las reclusas, todas ellas con batas amarillas de la prisión, entraron en fila india, con las manos cruzadas a la espalda, en el salón gris claro, de bloques y bajo puntal, del sótano del centro correccional. Hablaban mientras la canción “Settlin’ del dúo Sugarland se escuchaba de fondo: “No me voy a tranzar por nada menos que el todo”.  Cuando se acabaron las sillas, las mujeres cruzaron el salón y trajeron suficientes sillas para añadir otras tres hileras.

Luego vino el recuento —uno, dos, tres, cuatro— cada mujer se sentaba luego de ser contada, hasta que la última respondió al número “92”. Después otras dos mujeres entraron apresuradamente. Un hombre envió por radio el resultado del conteo final. Seis mujeres no asistirían a la obra; algunas estaban cumpliendo con deberes laborales, y otras puede que estuvieran enfermas, dijo Gary Tabor, el alcaide auxiliar. A través de la obra, uno podía ver la influencia de la poesía, desde “Todo lo que sé cabe en una jeringuilla de 100cc” hasta el poema “Todo lo que sabes” [All You Know] de Carol Ann Davis, pasando por “Ciudad de mi regreso” [Town of my Return] de Allison Seay.

ens_120513_actors_spLas 12 narradoras se sentaron juntas durante la lectura. El llanto contenido de las narradoras, sus compañeras reclusas, el personal del centro correccional y los invitados se mantenía a la par de la banda sonora. Cuando la obra terminó, las 94 mujeres salieron del salón de la misma manera en que habían entrado, en fila india y con las manos cruzadas a la espalda.

Tabor celebró el proyecto de la narración por su impacto positivo en las participantes.

En las planillas de evaluación después del programa del 14 de noviembre, algunas de las participantes confirmaron ese criterio.

“Me ayudó a darme cuenta de que soy una sobreviviente”, dijo una mujer.

“Me ayudó a sacar de mí algunos resentimientos que había estado albergando durante años”, expresó otra. “Escribir es un gran recurso para enfrentar situaciones difíciles”.

Ella recomendaría el proyecto a otros, continuó, “porque les exigirá, en primer lugar, que se enfrenten con las terribles realidades que los llevaron a las drogas y otras adicciones. De modo que puede que se aparten de ese estilo de vida”.

El proyecto narrativo se ajusta a la filosofía de la alcaidesa Maggie Capel para el centro correccional comunitario, el cual, a diferencia de una prisión de mayor rigor, se propone inducir un cambio en la vida de las reclusas y ayudarles en su transición para reinsertarse en la sociedad.

“Todas se han sentido muy conmovidas”, dijo Capel, refiriéndose a la lectura interna. “Resultó muy reveladora para ellas oír su propia historia contada por terceros”.

También puede resultar muy reveladora para los que la escuchen “afuera”.

Retratos de las 12 narradoras tomados por el fotógrafo local Andrew Kilgore colgaban de la pared en la iglesia episcopal de San Pablo durante la representación externa y fueron puestas en atriles de madera detrás de las actrices durante el programa interno. Foto de Lynette Wilson para ENS.

Retratos de las 12 narradoras tomados por el fotógrafo local Andrew Kilgore colgaban de la pared en la iglesia episcopal de San Pablo durante la representación externa y fueron puestas en atriles de madera detrás de las actrices durante el programa interno. Foto de Lynette Wilson para ENS.

El programa impreso que se distribuyó la noche siguiente en San Pablo explicaba el propósito del evento: Todo el mundo tiene una historia y cuando a las personas les dan la oportunidad de escuchar las historias de otras tenemos menos probabilidades de deshumanizarnos mutuamente con estereotipos.

Este show no fue tan brutal como lo fueron los dos anteriores; está más matizado, dijo Erika Wilhite, directora teatral del proyecto.

“Tal vez es uno de los mejores”, enfatizó ella. “La tarea más difícil consiste en no darle cabida al melodrama; si es demasiado gráfico, el público se distanciará”.

El programa de San Pablo tenía dos objetivos, añadió McGregor: ayudar a la gente a darse cuenta de que, bajo diferentes circunstancias, los relatos de las mujeres podrían ser su propia historia y mostrarles que la trayectoria que culmina en la cárcel no tiene lugar en un vacío y que el abuso tiene secuelas. Haga clic aquí para ver el programa completo —destinado a un público maduro— en San Pablo.

En los años cincuenta, cuando la familia era sagrada y McGregor crecía en Auburn, Alabama, el abuso no se ventilaba, afirmó ella. Hoy en día se ventila, pero sigue ocurriendo.

Sin embargo, las mujeres afectadas no se ven a sí mismas como víctimas, ni establecen necesariamente la conexión entre el abuso sufrido en la infancia y las decisiones que tomaron y que las condujeron a la encarcelación, afirmó McGregor. De diversos modos, agregó, el proyecto narrativo es una “exploración”: “¿qué me ocurrió de manera diferente?”.

Las actuaciones de noviembre también ofrecieron una oportunidad para la reflexión a la actriz Laura Shatkus, nativa de Chicago que labora en una maestría de la Universidad de Arkansas. Mirando a su niñez en comparación a las de estas mujeres “de haber tomado decisiones diferentes o de haber tenido otros padres”, señaló, sus historias podrían haber sido la suya.

Una transición desde la cárcel

Trabajando exitosamente con tres grupos de reclusas, McGregor y otros voluntarios que participaron en el proyecto han identificado una necesidad que transciende la narración.

“Nos hemos llegado a encariñar con 36 mujeres [3 grupos de a 12], hemos llegado a estar muy cerca”, dijo McGregor. “Algunas de las mujeres provienen de situaciones muy abusivas y no tienen adonde ir, salvo regresar a la situación abusiva. Hemos perdido a algunas por la adicción a la metadona y a las bebidas alcohólicas”.

De manera que el próximo paso en el ministerio de prisión de San Pablo es brindar un hogar transicional donde las mujeres puedan vivir al salir de la prisión mientras reorganizan sus vidas.

Para recalcar la necesidad de un hogar transicional, McGregor compartió la historia de una ex participante en el proyecto narrativo y notable compositora de canciones, que sucumbió a sus adicciones.

En detalles, vívidos y escuetos, la mujer, que creció sin electricidad ni agua corriente, recordaba cómo se sintió cuando su madre la agarró por el pelo con tal fuerza que le separó el cuero cabelludo del cráneo; lo difícil que fue correr y mantenerse al ritmo de sus hermanos mientras llevaba puestos dos zapatos izquierdos; y los años de abuso sexual a que fue sometida por un hermano mayor, hasta el día en que ella se puso a gritar y él dejó de hacerlo.

La mujer, que está en su veintena y que tiene tres hijos, fue puesta en libertad bajo palabra y regresó al ambiente de la misma familia y finalmente retornó a la drogadicción, dijo McGregor a ENS durante una entrevista en una cafetería de Fayetteville.

“Es por eso que quiero una casa de transición”, subrayó.

Es un tema que le toca de cerca.

“No sé por qué yo no terminé en la cárcel”, dijo McGregor, narradora desde hace tiempo, enfermera parroquial y organizadora sindical que ahora trabaja como enfermera de hospicio en un hospital de la Administración de Veteranos que queda cerca. “Soporté terribles abusos”.

Tanto la madre como el padrastro de McGregor fueron abusadores, en tanto su padre biológico se mantuvo ausente. Fue mediante la terapia que ella “ahondó” en su propia infancia, llegando a enojarse con su padre y a no hablar con él durante unos cuantos años.

“¿Dónde se encuentra el espacio para procesar cuando regresas a la misma situación?”, preguntó.

El Centro Correccional Comunitario del Noroeste de Arkansas está localizado en la intersección de la calle Spring y la avenida College en el centro de Fayetteville. Foto de Lynette Wilson para ENS.

El Centro Correccional Comunitario del Noroeste de Arkansas está localizado en la intersección de la calle Spring y la avenida College en el centro de Fayetteville. Foto de Lynette Wilson para ENS.

San Pablo ha incluido fondos iniciales para el hogar transicional en su campaña de mayordomía para 2014. En octubre, McGregor, Nichol y la Rda. Suzanne Stoner, sacerdote asociada en San Pablo, asistieron a la primera Conferencia Nacional de Thistle Farms  en Nashville, Tennessee, para interconectarse con otros que trabajan con poblaciones de mujeres semejantes y aprenden a dirigir un hogar.

“No se trata de un hogar transicional, se trata de un momento en un movimiento”, dijo Stoner, que es celebrante regular, junto con el Rdo. Lowell Grisham, rector de San Pablo, en una eucaristía que se celebra semanalmente en el centro correccional.

La respuesta de la congregación al proyecto narrativo ha sido positiva, dijo Grisham, aunque agregó que su asistencia a las representaciones no lo había impresionado demasiado.

“Hay renuencia e intimidación cuando nos enfrentamos con algo profundo y terrible”, dijo.

A lo cual Stoner añadió, “uno tiene que estar dispuesto a tener los ojos abiertos”.

Para la feligresa Debbie Griffin, consejera profesional en una escuela secundaria alternativa, los relatos de las mujeres son los relatos de los adolescentes a los que ella atiende, muchos de los cuales ya son padres y madres.

Parte de su trabajo, dijo, es “deshacer el daño y romper el patrón que les ha sido impuesto por sus familias y por las circunstancias.

“Es difícil sobreponerse a eso” afirmó. “Son víctimas de algo mayor que ellos mismos… el abuso es el denominador común”.

“Essence”, de 28 años y otra de las narradoras, fue víctima de abusos físicos y mentales a manos de su madre, soltera y alcohólica, y creció en un hogar de acogida. El tomar parte en el proyecto narrativo la ayudó a vencer montones de problemas, según dijo.

“Al compartirlo y escribirlo, no tengo que seguirlo viviendo”, expresó. “Todas las decisiones [erróneas] que tomé dependieron de mi infancia”.

La revocación de una libertad bajo palabra trajo a Essence al centro correccional. Dijo que ella esperaba que la liberaran en marzo, cuando planeaba reunirse con sus hijos, un varón de 5 años y una niña de 9, que actualmente viven con la madre de ella, que aún sigue bebiendo “pero no tanto”, en Misisipí. Essence traerá a los niños con ella para Arkansas.

“Me sentí bien, fue como una realización” dijo Essence luego de la lectura interna. “Ahora tengo la motivación para hacer lo que tenga que hacer”.

– Lynette Wilson es redactora y reportera de Episcopal News Service. Traducción de Vicente Echerri.


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