Programas que ofrecen diversión y apoyo a niños necesitados en el verano

Por Sharon Sheridan
Posted Aug 16, 2012

Priscilla Alcántara, de diecisiete años, al centro, disfruta nadar con algunos de los estudiantes que ella supervisa en el programa B-SAFE de la Diócesis de Massachusetts.

[Episcopal News Service] Era el primer día de verano del programa B-SAFE de la Diócesis Episcopal de Massachusetts, y una de la niñas en el grupo de Priscila Alcántara se mantenía desorientada, incapaz de comunicarse con los otros niños de sexto grado, porque sus amigos se encontraban en un grupo diferente. Alcántara, una adolescente miembro del personal, le preguntó a la niña si prefería hablar con ella.

Alcántara, de 17 años, se quedó junto a la niña y la ayudó a conocer a otros compañeritos. “Sentí que, si no le hablaba, ella nunca iba a conocer a otras personas… Pero terminó por darse cuenta de que eran tan agradables como sus amigos, de manera que se hizo de nuevos amigos”.

Niños tímidos han estado haciendo amigos durante 13 veranos en el Programa de Verano del Obispo para Enriquecimiento Académico y Diversión (B-SAFE, por su sigla en inglés), que atiende a 625 niños de enseñanza primaria e intermedia y que cuenta con un equipo de 125 consejeros en capacitación y miembros del personal en ocho sitios del área de Boston. Durante cuatro días a la semana, los niños asisten a programas académicos seguidos por almuerzo, tiempo de lectura y paseos por las tardes a parques o instituciones culturales. Los viernes, se toman todo el día para hacer excursiones fuera de la ciudad, usualmente a una granja, a un parque, un lago o una playa.

Encabezados por la iglesia de la misión episcopal de San Esteban [St. Stephen’s], en Boston, B-SAFE está asociada con 52 iglesias episcopales y cuenta con unos 1.000 voluntarios para brindar almuerzos, excursiones y otras ayudas. El programa de verano complementa una año entero de enriquecimiento extraescolar para estudiantes, el cual incluye capacitación del liderazgo y asesoría universitaria y vocacional para adolescentes. La financiación proviene de la diócesis, de donantes y de subvenciones institucionales. Un programa municipal de empleos refiere a la mayoría de los adolescentes que forman el personal de verano; de los cuales muchos atienden los programas de enriquecimiento académico.

Los niños y adolescentes provienen de los barrios cercanos a los sitios donde funcionan los programas -principalmente iglesias episcopales- y reflejan la vida de esos vecindarios: con frecuencia residen en viviendas públicas y en familias que reciben servicios públicos, asisten a escuelas públicas de bajo rendimiento, y a veces provienen de casas de acogida o se han visto implicados con el sistema judicial, dijo la Rda. Liz Steinhauser, sacerdote asociada de San Esteban y directora de programas de jóvenes. Ellos representan toda una variedad de antecedentes culturales y religiosos. “La mayoría de los chicos y chicas con que trabajamos no tendrían ningún programa de verano al que asistir”, sin B-SAFE, dijo Steinhauser.

El programa de Boston se encuentra entre las iniciativas episcopales, muchas de ellas en campamentos diocesanos, que extienden el territorio que ofrece diversiones y educación de verano a los chicos que no podrían costearlos de otro modo. Algunos ofrecen ayudas de becas en general; y otros se concentran en poblaciones específicas, como son los hijos de padres encarcelados.

El programa B-SAFE y el de Boston de todo el año ayudan a hacer relevantes las iglesias episcopales de la ciudad y a crear conexiones dentro de los barrios y entre las poblaciones urbanas y suburbanas, explicó Steinhauser. “Al resolver una manera de reunir a voluntarios suburbanos con jóvenes de la ciudad, estamos sirviendo al cuerpo de Cristo. Estamos haciendo las conexiones entre iglesias que de otro modo no tendrían oportunidades de relacionarse”.

Los programas ayudan a salvar la brecha entre escuelas urbanas pobres y escuelas suburbanas ricas. La investigación revela que la distancia se agranda debido a las mayores ofertas educativas que reciben los niños de los distritos más ricos fuera de la escuela durante el verano, añadió Steinhauser.

Los adolescentes que participan se benefician de empleos valiosos, de la preparación en torno a temas tales como las relaciones saludables y el acoso escolar, y la oportunidad de visitar colegios universitarios y recibir asesoría.

Michael Cordero, de 16 años, entró el programa de San Esteban cuando cursaba el tercer grado y ahora es miembro del personal que trabaja con estudiantes de tercero y cuarto grados durante el verano.

“San Esteban es simplemente una especie de apertura… todo un mundo nuevo”, agregó. “El barrio en que yo estoy, no es malo. Sólo que no tiene tantas oportunidades como debiera”.

San Esteban le proporcionó un empleo, la oportunidad de ver y de aprender cosas nuevas y de ser él mismo. “Cuando yo era pequeño, siempre me preguntaba: ¿Por qué son tan amables? Ellos no estaban siendo amables. Era sencillamente su manera de ser… Puesto que he estado aquí tanto tiempo, no me resulta difícil ser amable. Simplemente me resulta fácil devolver [lo que he recibido]”.

Alcántara dijo que [el programa] también le había abierto las puertas, incluida su participación en la organización y servicio comunitario durante el curso escolar. El año pasado eso incluyó la reapertura de un invernadero en una escuela local. El programa es “parte de la comunidad, de manera que lo mejora todo a mi alrededor”, afirmó.

Un niño intenta escalar la torre de Camp Bob en el Campamento y Centro de Conferencias de [la Iglesia] Episcopal en Kanuga, cerca de Hendersonville, Carolina del Norte.

Programas residenciales

Mientras el programa de Massachusetts es una empresa extraescolar de un día, excepto por un campamento de cuatro días para 120 de los participantes de mayor edad, algunos programas ofrecen a niños necesitados una semana en un campamento episcopal.

El Campamento y Centro de Conferencia de Kanuga, en las cercanías de Hendersonville, Carolina del Norte, comenzó a ofrecer campamentos residenciales para niños necesitados en 1988 cuando acogió a niños sin hogar procedentes de Atlanta. La iniciativa dio lugar a Camp Bob, que se inauguró en 1998 y que servirá a 800 campistas este año, la mayoría de los cuales asistirán gracias a fondos de subvenciones, parroquias, programas extraescolares y el fondo de becas de Kanuga, dijo Gary Woodhurst, director del programa Camp Bob. Una semana se concentra específicamente en niños con uno de sus padres en un proceso de despliegue militar; otra -llamada Campo Esperanza [Camp Hope]- en niños con uno de sus padres, o ambos, en prisión. Camp Bob funciona al mismo tiempo que las sesiones de verano regulares de Kanuga.

“Tenemos algún adiestramiento específico [de consejeros] para nuestra población de campistas, pero en verdad gran parte del material que usamos es intercambiable con la preparación de cualquier campamento”, dijo Woodhurst. En efecto, un consejero que pasó dos semanas en Camp Kanuga dijo que había esperado que esos campistas se comportarían mejor, pero que descubrió lo contrario.

Durante Camp Hope, agregó, “trabajamos categóricamente en lograr que los campistas sintieran que esto es un lugar seguro para compartir lo que van a experimentar. Gran parte de esta semana… consiste en hablar al respecto y ayudar a que los niños entiendan su situación, en que ellos siguen siendo amados tal como son -que sus padres los siguen queriendo. Tratar de ayudar cualquiera que sea la relación de ruptura que puedan tener con el padre que está encarcelado es definitivamente parte de esta semana”.

El 1 de agosto, visitó el campamento Laura Kaeppeler, Miss América [2012], cuyo padre cumplió 18 meses en una prisión federal por fraude postal y quien ha centrado su campaña en orientar a niños con padres encarcelados.

Camp Bob les brinda a los niños nuevas experiencias y responsabilidades. “Les ofrece más oportunidades de probar cosas nuevas en una semana de lo que jamás han logrado en el curso de un año en sus casas”, dijo Woodhurst. “Muchísimos de los campistas que vienen aquí es la primera vez que toman una [carretera] interestatal.

El campamento es también un receso de todas las circunstancias que enfrentan en sus casas. “Sí, vemos a montones de campistas que se sorprenden de tener garantizadas tres comidas al día”, añadió Woodhurst.

Los campistas asisten diariamente a un oficio en la capilla, que se centran en temas tales como confianza, esperanza y amor. Durante Camp Hope, también asisten a una Eucaristía el viernes. “Hacen devociones por la noche en las cabañas. Ese es el momento en que los consejeros se reúnen con sus campistas y los animan a orar y a compartir con sus compañeros de cabaña”.

Joe Seddon, jefe de los consejeros para varones, dijo que él cree que el tiempo de las devociones era el más importante, cuando “podemos comenzar a desempacar las mochilas invisibles con que carga el campista”.

“Creo que basta con poder ventilar [algo]… y darse cuenta de que hay alguien allí que escucha es una cosa maravillosa. Estoy seguro de que muchos de estos niños viven en situaciones en que no pueden realmente expresar sus sentimientos, y si lo hacen les van a decir que es algo malo. En Camp Bob, percibimos que una expresión de sentimientos es algo bueno. Es maravilloso cuando vemos que un niño se da cuenta de esto”.

Seddon se graduó en la Universidad de York, San Juan, [St. John], en Inglaterra, dos días antes de llegar de consejero a Camp Bob. “No quería dormirme en los laureles”, afirmó. “Siento como que le podría dar muchísimo a los niños, y los niños también podrían enseñarme muchísimo acerca de la vida. He aprendido mucho más de lo que jamás imaginara”.

“La manera en que lo miro es así: cada niño tiene el derecho a estar en un campamento y tiene el derecho a ser niño. Yo simplemente intento ofrecer mis servicios para garantizar que ellos la pasen lo mejor que puedan”.

Los campamentos también aportan beneficios más allá de sus lindes.

“El número de niños con padres en prisión que también terminan en prisión es bastante alto”, dijo Stuart Campbell, director ejecutivo del Campamento y Centro de Conferencias [de la Iglesia] Episcopal Galilea [Galilee Episcopal Camp] en Lake Tahoe, Nevada, y su Camp Spirit para niños de padres encarcelados. “Intentar, pues, romper algo de eso y romper ese ciclo de personas que van a prisión, de generación a generación, es para lo que Camp Spirit existe”.

Según la página web de Kaeppeler, los niños con padres en prisión tienen casi seis veces más probabilidades de ser encarcelados que los demás niños.

“Veo a niños que se han convertido en consejeros”, después de ser campistas, dijo Campbell. “Creo que ellos han empezado a hacer esa ruptura, a darse cuenta de que existe otro camino… una manera deferente de comportarse que la de ser un delincuente”.

Camp Spirit atiende de 20 a 35 niños con edades de 7 a 10 años. En la medida en que estos campistas crecen, pueden incorporarse a las sesiones regulares de Camp Galilee y en ocasiones hasta convertirse luego en consejeros.

Durante las sesiones del otro campamento, muchos niños vienen de ambientes desfavorecidos, explicaba Campbell. “Nevada ha sido severamente afectada por la situación económica del país en los últimos dos años”. Él calcula que más del 40 por ciento de los campistas de Camp Galilee recibieron al menos algún apoyo económico. Aproximadamente unos 40 campistas hispanos vinieron con becas completas de dos parroquias de Las Vegas.

El campamento puede constituir una gran diferencia para los niños necesitados, afirmó Campbell. “Algunos de estos niños provienen de ambientes tan problemáticos que sólo el estar cerca de personas que los cuiden durante una semana y los traten de una manera compasiva puede significar el mundo para ellos”.

Estar en un campamento bonito comiendo tres comidas sanas al día también puede significar una gran cambio para niños que viven en desiertos de alimentos en barrios urbanos marginales, añadió.

Niños en Grace Camp, un campamento de la Diócesis [episcopal] de Montana para menores con padres encarcelados, cada uno de los cuales recibe al llegar una manta de retazos hecha a mano que ellos mismos eligen.

Sentir el amor de Dios

“Mi esperanza es que ellos vuelvan a sus casas sintiendo que fueron parte de una especie de comunidad positiva y compasiva en la cual aprendieron más sobre lo que significa tratarse mutuamente de una manera amorosa”, siguió diciendo Campbell. “También queremos que los niños aprendan más acerca de ellos mismos, tal vez a descubrir o aprender una destreza nueva en el tiempo en que están aquí, un talento nuevo: darse cuenta de que son personas creativas e intuitivas y que hacen ciertas cosas bien”.

En Camp Grace — campamento de una semana en Montana, de beca completa para niños de padres encarcelados — los campistas vuelven a sus casas con una señal tangible de ese cuidado y compasión: una manta de retazos creada por mujeres de la diócesis. Ellos reciben también una mochila llena de cachivaches que necesitan para el campamento, tales como protectores solares, champú y agua embotellada. Y el personal les proporciona suministros adicionales según los necesiten, por ejemplo, si llegan sin pasta dental o ropa interior, dijo Julie Sisler, administradora de Camp Marshall, el campamento de la Diócesis Episcopal de Montana que incluye Grace Camp.

Con el tiempo, el personal ha aprendido a lograr que las cosas funcionen más fluidamente en Grace Camp, que ya lleva abierto siete años, y que ahora se parece más a un campamento residencial regular, dijo Sisler, que también tiene a su cargo el ministerio de la música en el campamento. Ellos mantienen al personal permanentemente durante una sesión de cinco días, en lugar de dar tiempo libre a los consejeros durante un programa de seis días, porque a los más pequeños les cuesta trabajo ajustarse a un personal cambiante así como desarrollar relaciones con ellos.

Al período de ajuste le llaman “discusión, regulación y aceptación” según los niños prueban los límites y luego aceptan las reglas, explicó Sisler. “La aceptación es cuando se adaptan, y luego pueden participar plenamente del programa sin extralimitarse”.

Los campistas también se adaptan más rápidamente ahora en que muchos regresan año tras año, dijo ella.

Hasta 35 niños, estudiantes de entre tercer y octavo grados, asisten a Grace Camp, y el personal está tratando de discernir cuál es la mejor manera de integrar a los graduados en el campamento de la escuela secundaria, de manera que no se sientan fuera de lugar, apuntaba Sisler. “Hemos tenido un éxito marginal con eso”.

Al igual que en el campamento de Nevada, otros campistas en las sesiones regulares de Camp Marshall también reciben ayuda económica. “La filosofía es que Dios proveerá”, dijo Sisler, quien calcula que la mitad de sus campistas recibe al menos una beca parcial. Alrededor de 450 personas, contando familias, acampan en la instalación diocesana cada verano.

“Nuestro mayor deseo es que todos encuentren a Cristo y que finalmente crezcan para hallar una comunidad cristiana y se sientan realizados”, afirmó. “En verdad, lo que realmente esperamos es que los niños vengan aquí y pasen una estupenda semana y sientan que Dios los ama, independientemente de cómo eso pueda impactarlos”.

A veces, ese impacto se da en entablar relaciones con otros de antecedentes semejantes. Un participante de Grace Camp, un muchacho que tenía el padre en la cárcel, estaba “sencillamente eufórico” con su experiencia del campamento, y le dijo a su madre lo mucho mejor que se sentía después de asistir, contó Sisler. “Siempre había creído que su desgracia era única. Sólo saber que no era el único, significó una notable diferencia”.

— Sharon Sheridan es corresponsal del Servicio de Prensa Episcopal. Traducido por Vicente Echerri.