La inesperada militancia de una seminarista

Por Sharon Sheridan
Posted Feb 29, 2012

[Episcopal News Service] Durante el Mes de la Historia de los Negros, ENS publicará entrevistas con episcopales que participaron en el movimiento de los derechos civiles y en la obra de reconciliación de la Iglesia.

La Rda. Judy Upham no pensaba ir a Selma, Alabama.

Ella estudiaba en la Escuela Teológica Episcopal en Cambridge, Massachusetts —algo inusual  para una mujer en esos tiempos— cuando vio por la televisión las agresiones policiales a los manifestantes pro derechos civiles que intentaban cruzar el puentes Edmund Pettus el 7 de marzo de 1965, fecha que para algunos se conoce como “el domingo sangriento”.

“El Dr. [Martin Luther] King compareció en la televisión el lunes y le pidió a los buenos cristianos que vinieran y estuvieran a su lado”, recordaba ella. “Algunas personas del seminario iban a ir. Yo llevé mi chequera porque en verdad no tenía tiempo de hacer cosas como ésa. Todos estábamos apiñados de pie mirando la televisión. Yo miraba a todas esas personas que eran golpeadas por la policía.

Y cuando el compañero seminarista Jonathan Daniels le preguntó si ella iba a ir a Selma. “me escuché respondiéndole, “Cómo llegamos allí?”.

Cuando volvió a saber algo, estaba en un vuelo fletado a Atlanta. Sentada entre Daniels y otro seminarista, ella le dijo: “Esto no era exactamente lo que tenía en mente”.

Ese vuelo que ella no había planeado la puso en el camino del centro de la lucha por los derechos civiles y de toda una vida de activismo.,

Aterrizaron en Atlanta a medianoche y descansaron hasta por la mañana en la oficina de King. “Estuvo bien. Yo logré dormir en su sofá”.

Al día siguiente, alrededor de 10 seminaristas y otras personas que habían venido en el avión, celebraron “uno de los más significativos oficios de oración matutina” a que ella había asistido nunca, luego se dirigieron en autobuses a Brown Chapel en medio de los proyectos de vivienda para personas de bajos recursos de Selma. “Ese era como el centro del movimiento en Selma”, explicó Upham.

Dirigiéndose a amplio terreno de la vecindad, se unieron “a otros montones de personas que se encontraban allí a la espera de que empezara la manifestación”. En columnas de cinco en fondo “comenzamos la marcha, llegábamos hasta el puente y dábamos la vuelta, nos deteníamos y orábamos un momento arrodillándonos en la calle… y regresábamos”.

“El liderazgo no quería otra confrontación”, añadió ella. Tampoco estoy segura de que esos guardias quisieran golpear a toda esa gente blanca. En ese tiempo, el color marcaba una gran diferencia.

Si bien la manifestación misma fue pacífica, la violencia se desencadenó cuando el Rdo. James Reeb, un ministro unitario blanco de Boston, que había estado en el avión con Upham, se detuvo con unos amigos “a cenar en el lugar equivocado”, afirmó ella. “En el momento de marcharse, fueron abordados por algunos paletos que los golpearon. Como consecuencia, él [Reeb] falleció esa noche”.

Celebraron una vigilia frente al hospital y, después que él murió, intentaron desfilar en protesta hasta el juzgado a la mañana siguiente. [La policía] bloqueó las calles, de manera “que básicamente nos sentamos  y cantamos. El movimiento de los derechos civiles consistía en gran medida en estar por ahí y escuchar y ser categóricos respecto a ‘esto es lo que vamos a hacer, chicos”.

La gente de los proyectos trajo alimentos y frazadas.  “Comimos montones de sándwiches de basura y mantequilla de maní y sándwiches de jalea y café malo”.

“El domingo, varios grupos fueron a las iglesias locales. Por supuesto, la iglesia episcopal de la localidad no nos dejó entrar, de modo que nos arrodillamos en la acera y oramos”, contó ella. “La Iglesia Episcopal era básicamente una iglesia de clase alta en ese momento, en Selma, y los negros no asistían a la Iglesia Episcopal. Resultó que tampoco nos quisieron en la Iglesia Bautista. El grupo llegó allí y los ujieres le dijeron: ‘ustedes no pueden entrar aquí’”.

Cuando alguien replicó, “creíamos que ésta era la iglesia de Dios”, dijo ella. “nos contaron que el ujier respondió: ‘no, es nuestra iglesia, y ustedes no pueden entrar’”.

El lunes, les dejaron desfilar hasta el juzgado. Al regreso, “el jefe de la policía local estaba a la entrada de los proyectos de vivienda dándole la mano a la gente”. Ella recuerda a los manifestantes levantaban las manos con asombro y decían: “le di la mano a un blanco”.

En Washington, D.C., el presidente Lyndon Johnson pronunció un vehemente discurso ante el Congreso sobre los derechos civiles. En Selma, algunos de los partidarios de afuera “empezaban a distanciarse”. Era el momento de regresar al seminario.

Pero Upham comenzó a pensar: “Parecería extraño que digamos el lunes, ‘estamos aquí para apoyarlos y arriesgar nuestras vidas por ustedes’ y luego, dos o tres días después, digamos “bueno, caramba, tenemos que regresar a la escuela’. No parecería lo correcto”.

Ella y Daniels regresaron al seminario y obtuvieron permiso para pasar el semestre en Selma, con el razonamiento de que “al menos se quedaran allí algunos blancos. Al menos la policía sabría que habría algunos testigos”. También estarían allí “como testigos de que a Dios sí le importa… y estamos aquí como una especie de signo de ese amor de Dios [que insiste en que]  eres un ser humano como todos los demás”.

Regresaron a Selma el 21 de marzo, al tiempo que autorizaban finalmente la marcha de varios días a Montgomery y la Guardia Nacional protegía a los manifestantes. Ella se mudo con una familia de la localidad y ayudaba en lo que hiciera falta. La noche antes de que la manifestación entrará en Montgomery, se unió a los que acampaban afuera de una escuela. “Era lluvioso y lodoso a más no poder”.

Hubo diversión por la noche. “Honestamente no recuerdo todos los que estaban allí”, dijo. “Gente como Joan Baez y Harry Bellafonte. Algunas celebridades”.

Al día siguiente, entraron en Montgomery, donde se unieron con un grupo del seminario que había volado allí para la ocasión. “La gente se alineaban en las calles, algunos nos abucheaban y nos silbaban y nos escupían”, dijo. Pero otros los vitoreaban. Se reunieron frente al capitolio. “Martin Luther King pronunció un discurso extraordinario cuyo tema sería ‘¿Cuánto tiempo? No mucho’”.

De nuevo, la violencia siguió a la manifestación. Algunos miembros del Ku Klux Klan mataron a tiros a Viola Liuzzo, un ama de casa de Michigan, mientras ella llevaba a algunos manifestantes de regreso a Selma.

“Después de la marcha, Jon y yo estuvimos dando vueltas, haciendo lo que podíamos por ayudar”, contaba Upham. Si una manifestación necesitaba participantes, se sumaban. Ayudaban a estudiantes a rellenar sus solicitudes de ingreso en la universidad, jugaban con los niños, ayudaban en la campaña de inscribir a electores, visitaban escuelas. Asistían todos los domingos a la iglesia episcopal de la localidad y dedicaban  alrededor de una hora cada semana tratando, sin éxito, de convencer al rector para que actuara. Él estaba demasiado empapado en la manera de ser del Sur, y tenía que considerar su trabajo, tenía una familia”.

“Nosotros estábamos en la veintena, éramos jóvenes e ingenuos, y suponíamos que si las personas llegaban a saber lo que era justo, lo harían… Parte de nuestro trabajo era educativo. Visitábamos a cualquiera en la parroquia que estuviera dispuesto a recibirnos”.

La labor de Upham a favor  de los derechos civiles reflejaba los valores de su familia. Cuando le dijo a su papá que iba a Selma la primera vez, cuenta ella “lo primero que me dijo fue ‘ten cuidado’. Lo segundo que me dijo fue ‘Muy bien’, porque no había manera de que él pudiera dejar el trabajo”. Dos de sus hermanos se le unieron parte del tiempo que ella estuvo en Alabama.

Pero trabajar en el sur le enseñó algo acerca del prejuicio. “Me di cuenta, también, de que si me hubiese criado en Selma y los únicos negros que yo hubiera conocido eran mis empleados o los borrachos de la calle, probablemente yo también habría estado prejuiciada”.

Upham y Daniels mantenían sus estudios a larga distancia. Después del semestre, ella hizo su programa de educación pastoral clínica en un hospital psiquiátrico de San Luis. Daniels le pidió prestado su auto, primero para visitar a su familia en Nuevo Hampshire y trabajar con la juventud diocesana sobre derechos civiles, luego al regresar a Selma para el verano.

Daniels era parte de un grupo que trabajaba en el Condado de Lowndes —“uno de los lugares más difíciles”— cuando él y otros fueron arrestados y pasaron un tiempo en una celda al lado de Stokely Carmichael, que entonces era miembro del Comité de Coordinación Estudiantil de la No Violencia, con quien él (Daniels) llegó a entablar una relación de amistad. Luego de varios días, los liberaron el 13 de agosto de 1965.

“Estoy convencida de que fue una trampa”, dijo Upham. Mientras estaba esperando por un transporte, Daniels, junto con un sacerdote católico y dos manifestantes negros, entraron a comprar una gaseosa en una tienda. “Habían estado antes allí en grupos mixtos, de manera que teóricamente no era una gran provocación”. afirmó ella. Se encontraron con un auxiliar del alguacil que llevaba una escopeta y quien le apuntó a Ruby Sales, una chica de 16 años. Daniels la empujó para protegerla y recibió una herida mortal (Él ahora es conmemorado en el calendario de los santos de la Iglesia Episcopal).

Upham viajó a Keene, Nuevo Hampshire, para el funeral. “Me acuerdo de haber ido de compras con mi madre. Me compré dos vestidos, que nunca más volví a ponerme. Mi padre era abogado y se culpaba de no haber ido a Selma y haber sacado a Jon bajo fianza”.

Después de eso, Upham participó en el movimiento en la medida en que podía, pero las cosas fueron cambiando. Se estaba desarrollando el movimiento “Poder Negro”, “y en consecuencia la participación de los blancos no era bien recibida”.

“Para Stokely, la muerte de Jon fue el colmo”, dijo ella. “Yo creo que Stokely ya se había hartado de la no violencia. A él también le habían matado a muchos amigos”.

Upham estuvo un tiempo como directora de educación religiosa, luego se diplomó en asistencia social. Cuando la Convención General aprobó la ordenación de mujeres al diaconado, en 1970, cuenta que para ella fue “como un repique de campanas”.

Comenzó a trabajar en pro de la ordenación de las mujeres al presbiterado, llegando a ser miembro fundadora de la Agrupación de Mujeres Episcopales y asistió como delegada suplente a la Convención General de 1973. La ordenaron diácono en 1975  y su primer trabajo fue en San Esteban [St. Stephen’s], una iglesia mayoritariamente negra al sur de San Luis. Fue la primera mujer que cruzó las fronteras diocesanas para convertirse en rectora de la iglesia episcopal de la Gracia [Grace Episcopal Church], una iglesia deliberadamente integrada en Syracuse, Nueva York.

En la actualidad, a los 69 años, es sacerdote auxiliar de San Albano en el Teatro [St. Alban’s in the Theater], en Arlington, Texas, una congregación de la renovada diócesis de Fort Worth que se congrega en un teatro, y labora por la reconciliación en la diócesis, cuyo obispo anterior y muchos líderes diocesanos abandonaron en noviembre de 2008.

Mirando retrospectivamente, ella dijo: “sé que el legado de Jon produjo un cambio enorme en la educación teológica, al menos para la Escuela Teológica Episcopal en lo que respecta a cómo practicamos lo que decimos creer”.

Ella cree haber marcado una notable diferencia también. “Si Jon fue un misionero, yo también lo fui. Él fue el único que alcanzó el martirio por ello”.

En Selma, ella llegó a temer “a veces, pero no muy a menudo”, dijo, juzgándose “demasiado estúpida para tener miedo”.

También fue, añadió, “una de las pocas veces en mi vida en que me he sentido 100 por ciento segura de que estaba haciendo lo que Dios quería que hiciera. Si eso me costaba la vida, estaba bien. Después de todo hay cosas peores que la muerte.

“Tenemos una promesa de un futuro con Dios. ¿Qué tienes que perder? Al menos estás defendiendo lo que es justo… Esa es tu tarea como cristiana y como ser humano”.

—Sharon Sheridan es corresponsal de ENS. Traducido por Vicente Echerri.


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